Me preguntan si tengo miedo, si estoy nervioso. Mi único miedo es no poder estar, lo que me preocupa es mantenerme vivo. Desde que supe que sería papá, decidí bajarle a la moto y solo usarla para lo indispensable, como transporte eficiente entre semana y dejar las salidas de los domingos para después. Soy más cuidadoso estando en la obra y caminando en la calle.
Ya me lo habían dicho antes y lo he escuchado muchas veces, cuando tienes hijos, cambia la perspectiva de todo. Para mí, eso sucedió la primera vez que escuché su corazón. El doctor hacía un ultrasonido donde tomaba medidas y las dictaba a su asistente. Acercó el cursor a una estrella que vibraba en la imagen y apareció una gráfica con una onda en la pantalla mientras se escuchaba un latido acelerado que seguía el ritmo de la gráfica. Por supuesto que lloré.
Toto y Kiki están más cerca que nunca, pero no conmigo, yo ya dejé de existir para ellas, las dos adoptaron a Ingrid de tiempo completo, no la sueltan día y noche. Se acercan a su panza, la huelen, se recargan en ella, le ronronean y le maúllan como si le hablaran para preguntarle cómo va todo.
Por ahora, eso. Yo estoy terminando el semestre, haciendo tareas y trabajos finales. En la oficina, acabando dos departamentos que no me dejan respirar y empezando otro. Mi idea es no dejar la escuela ni bajar el ritmo, este semestre mi mente ha estado dispersa, pero he logrado mantener el nivel de trabajo.
Ya veremos.
Estamos buscando nombres de niña, pero Tomasa, no será.
Hace unos días celebraba que el semestre, ahora sí, había terminado. Mentí un poco. Se acabaron las clases del fin de semana, pero quedaban todavía dos trabajos por entregar en estos días.
Ayer por la noche, el viento soplaba fuerte y frío empujando las ventanas de la terraza. Yo estaba en el comedor pensando en lo que pasaría hoy y terminando mi trabajo final de Teoría y Análisis del Discurso, la tarea consistía en analizar alguna película y yo elegí una de mis favoritas, The Warriors (1979) de Walter Hill. Todavía queda pendiente la representación gráfica artística de un ensayo, que se entrega este jueves. Casi nada...
Acabé, mandé mi trabajo y me dormí temprano, pero no descansé.
Soñé muchas cosas, pero voy a mentir otra vez y diré que no recuerdo ninguna. Me levanté en la mañana y me asomé a la ventana y vi que el cielo estaba muy diferente a los últimos días de nubes y lluvias. El sol salió y algunas cumulus flotaban ligeras sobre mi casa.
Hoy no salió Aurora, caminé a la oficina mientras escuchaba Poderoso, donde festejaban el cumpleaños de Deborah Harry. Me fui al hospital, esperé paciente mientras entregaban los resultados de los últimos estudios. A las 13:31:08, una de las doctoras salió a explicarme cada una de las hojas y las imágenes de los estudios.
Regresé a la oficina, me invitaron un mezcal, hice dos cosas más y me fui al Metropólitan.
Por fin pude ver a los Yeah Yeah Yeahs. Tres veces se me habían escapado, dos por estar de viaje y una por menso. Aunque no sonó Machine y Karen O venía en modo lindo y no tan rockero, no deja de tener toda la pila esa mujer. Un piano, un cuarteto de cuerdas, un contrabajo, una guitarra, teclados y los YYY.
Algún día voy a tener que contar mis sueños del 1 de julio de 2025, del hospital, los Cocuyos y los Yeah Yeah Yeah Yeah Yeah Yeahs...
"La peste no es la excepción, es la regla revelada."
Albert Camus.
Ayer me encontré con esto que escribí hace cinco años y una semana, el 20 de mayo del 2020, cuando teníamos apenas dos meses de estar encerrados, tanto como los grados de privilegios de cada uno lo permitieran, porque el confinamiento no fue igual para todos.
Me pareció interesante, como ejercicio personal, leerme a la distancia. Me recuerdo haciéndome esas preguntas sobre el lujo, las ciudades y los espacios rurales, de alguna manera siguen rebotando en mi cabeza, pero de diferente manera. Qué días tan raros aquellos, que la calle estaba rarísima, el silencio general, el hipócrita miedo de encontrarnos o vernos con otras personas más allá de nuestro círculo inmediato,
"¿Qué es lo normal? ¿Cómo será nuestra vida después de esto? ¿Habrá un después?
Tal vez no para todos, pero tendremos que replantearnos nuestra vida, todos los que somos responsables, porque lo somos, de lo que estamos viviendo en este 2020 del reRenacimiento.
La cartelera del cine está vacía.
Es como estar en el ojo del huracán y escuchar cómo, poco a poco, crece el ruido por el viento, algunas ventanas explotan, se caen algunos cuadros y objetos de los libreros, entra aire mezclado con agua y polvo.
¿De qué manera tenemos que pensar las ciudades? ¿Qué significado tendrá ahora la palabra lujo?
Debemos replantearnos nuestra necesidad de consumo, cantidad de ofertas y promociones en línea para captar nuestra atención e intentar quedarse con nuestras monedas y billetes virtuales.
La actualización de muertos y contagiados en tiempo real nos invita a mantenernos pegados a cualquier tipo de red social, parece haber una necesidad de compartir los pensamientos, sentimientos y actividades como nunca antes, y la viralización de noticias sin confirmar ha crecido como nunca, la mejor protección que he encontrado ha sido poner en cuarentena a mis contactos reincidentes y silenciarlos por tiempo indefinido. Hoy sumé a uno más que difundió dichos de un "cómico", o alguien que cree serlo, sin verificar por encima de los comunicados oficiales.
Nos cuidamos por nuestros familiares y las personas a las que queremos, pero también por aquellos a los que no, porque si no estamos todos, no estamos completos.
Pensamos que de alguna manera es un momento histórico que nos ha tocado, "tocado" (si no es que nosotros mismos lo hemos provocado), vivir.
El peligro son las ciudades, en los espacios rurales la convivencia y la higiene pueden ser más cordiales. La ciudad como contenedor de arquitectura y actividades, voltear hacia el espacio rural y encontrar la media entre una y otra.
Películas como La Aldea de Shyamalan, con una jiribilla final que nos haga quedar a todos como unos pendejos."
"No se deje engañar por las apariencias. Realidad, no hay más que una."
Haruki Murakami.
Me soñé en Halifax caminando junto a una ciénaga donde crecían carrizos y lirios que se perdían y aparecían conforme se abría y cerraba la niebla. Mientras caminaba, sentía mis pies pesados hundirse en el piso que era una combinación de lodo y pasto congelado que oía crujir en cada paso que daba.
Después de algunos minutos de andar, llegaba al punto donde se mezclaban la laguna con el mar y una montaña de piedra se levantaba junto. A esta montaña le habían labrado un camino que subía en una rampa hasta la cima.
Yo subía caminando por ahí a la vez que miraba hacia el mar por algunas aperturas que había en el camino de piedra por el que iba. Veía que pasaba nadando muy despacio una ballena enorme que exhalaba profundo en el momento que su lomo alcanzaba la superficie y me daba cuenta que detrás, como si fuera un desfile, venían otras ballenas de diferentes tamaños, todas con movimientos pausados y elegantes, yo pensaba que serían tal vez una familia que estaba migrando hacia otras aguas.
En ese momento, yo estaba por llegar a la cima de la montaña cuando a lo lejos, en el borde donde nacía el camino de piedra, veía sentada a mi abuela, la mamá de mi padre, que recargaba el peso de su cuerpo sobre una mano y con la otra acariciaba el agua del mar que tenía junto a ella. Veía que también observaba a las ballenas. Estaba de espaldas a mí y no podía ver su rostro, pero sabía que era ella y le gritaba. ¡Abuela! ¡Abuela Olga! Y entonces volteaba y yo veía que sí era, pero era una versión suya mucho más joven, tanto como una foto que tenemos de ella de cuando tenía veinte o veintiún años por ahí de 1939.
Yo bajaba corriendo hasta donde estaba para preguntarle qué estaba haciendo ahí, pero no me respondía, sólo me veía y, en silencio, regresaba la mirada a las ballenas.
Nunca he estado en Halifax, he pasado sobre ella y sé que no tiene montañas de piedra. A veces sueño con ballenas, pero casi nunca con los muertos.
Se supone que escriba un párrafo diario, mínimo, como
ejercicio en una de mis clases. Escribir como disciplina, siguiendo o no un hilo, sólo escribir el diario, los sueños o las ideas de todos los días. Es un plan que he tenido desde hace tiempo y que no había hecho, ahora es una instrucción con recompensa calificadora, ni modo.
He estado pensando cuál sería el principio, me recuerdo de niño, grabando
la historia que me inventé de Piquito en la radiograbadora de mis tíos en casa de mi
abuela. Piquito, el niño que tenía que ir a la guerra a luchar por quién sabe qué motivo y que no se dejaba persuadir por nadie para abandonar esa misión.
Estoy hablando sobre mi decisión de estudiar Comunicación. Hace dos semanas,
una compañera de la carrera me preguntaba por qué estudiar Periodismo y qué me
llevó a estudiar Arquitectura, preguntas que sí tienen respuesta, pero que a veces están hechas una maraña en mi cabeza, próximamente lo voy a tratar de desenredar por aquí.
No es una decisión aislada, de algunos pocos años a la fecha, me
he puesto frente a retos de mayor o menor complejidad que relaciono a
una velada crisis existencial. Con la intención de no quedarme estancado, mi idea de vida en este momento es hacer cosas que nunca
haya hecho antes, pero en las que haya estado interesado desde hace tiempo.
Me emociona como pocas cosas lo han hecho últimamente, regresar a la UNAM cada
sábado es mi mejor momento de la semana, es el día favorito.
Voy algunos días tarde con esta tarea, a lo mejor subo algunas más, quién sabe, puede ser que una a la semana, una cada dos, tampoco es que las vaya a publicar todas, a veces (muchas veces) siento que cuando escribo algo, es como si fuera caminando encuerado en el Zócalo a las doce del día.
Estaba con Sofi en un mercado al que, cuando era niño, iba con mi madre todos los viernes al salir de la primaria. Ahí siempre nos encontrábamos con mi amigo Julio, que también acompañaba a su mamá para hacer el mandado. Mientras ellas se ponían a platicar de cualquier cosa que no nos interesaba, Julio y yo recordábamos las hazañas del recreo de esa mañana.
Mi mamá tenía muy arraigada la idea de que el hígado era bueno para la salud, y, salvo que tuviera la suerte de que algún amigo me invitara a comer a su casa, los viernes sólo había una certeza en mi vida: habría hígado encebollado en la mesa.
Bueno, pues ahí estábamos Sofi y yo, caminando y platicando por el mercado lleno de gente, colores, olores y sonidos. No recuerdo hacia dónde íbamos, pero pasamos junto a un puesto de flores y vi unos claveles marchitos. Bajé a Sofi de mis brazos y le pedí que no se moviera de ahí, que me esperara frente al puesto mientras yo me acercaba a recortar las flores marchitas y regresaba por ella para seguir nuestro camino.
Tomé las flores, corté las marchitas con unas tijeras que aparecieron en mi mano y devolví el resto al recipiente con agua que hacía de florero. Fue en ese momento que me di cuenta de lo que acababa de hacer. Pensé que mi trastorno obsesivo-compulsivo no diagnosticado había llegado demasiado lejos y que nunca debí dejar sola a una niña de cinco años, ni siquiera por un segundo. Miré hacia donde la había dejado, pero ya no estaba.
Empecé a gritar un nombre que no era el suyo, sino el de su madre, pero mi voz apenas se oía entre el bullicio de los vendedores y la gente que pasaba. Nadie me escuchaba, nadie parecía prestarme atención. Sofi no aparecía por ningún lado. La desesperación me invadía, sentía mi corazón latir con fuerza, gritaba y lloraba desesperado, pensando cómo iba a poder vivir después de haberla perdido.
Entonces, como pocas veces me ha pasado, me di cuenta de que estaba soñando. Fui consciente de estar caminando en una pesadilla y de que sólo tenía que despertarme para que todo terminara.
Abrí los ojos. Hacía frío. Eran las cuatro con cuarenta y tres minutos. Esperé un minuto más y me volví a dormir.
Hoy comí tacos de guisado en mi taquería favorita para eso y me pedí dos de hígado encebollado, uno con arroz y otro con frijoles y requesón. Tacos Hola mi amor.
¿Cuánto tiempo dedicamos a Internet durante nuestra vida cotidiana? Vivimos en un mundo que cada vez se vuelve más digital, y la información que recibimos a través de este medio está reconfigurando la manera en la que pensamos, aprendemos y nos relacionamos con el mundo.
La información, verídica o no, llega a nosotros casi en tiempo real, y esto está modificando nuestras capacidades de estudio, trabajo, concentración y relaciones, ya sean personales o profesionales. Los procesos informativos y creativos están condicionados por la permanente presencia de Internet. Necesitamos ser más conscientes y responsables con el uso de esta herramienta, reflexionando sobre su uso y la dirección que debe tomar en nuestro futuro inmediato y lejano.
¿De qué manera se percibe la tecnología en nuestros días? ¿Cómo se ha transformado el lenguaje a partir de su acelerado desarrollo? ¿Cuál es el poder de las redes sociodigitales en nuestra sociedad y qué tan positivo es el uso de Internet en nuestras vidas?
ALIADOS O ESCLAVOS DE LA TECNOLOGÍA
La primera pregunta que debemos plantearnos es de qué manera la tecnología, en este caso Internet, está moldeando nuestra forma de pensar, comunicarnos y relacionarnos con el mundo.
Por supuesto, la tecnología es un aliado en nuestra vida moderna; nos permite estar comunicados en cualquier momento y tener acceso a todo tipo de información necesaria para nuestro desarrollo académico, profesional, personal y de entretenimiento.
Sin embargo, esto también ha impactado negativamente nuestras capacidades de atención, creatividad y, por contradictorio que parezca, nuestra habilidad para conectar directamente con otros seres humanos.
Podemos comunicarnos en tiempo real de muchas maneras con alguien al otro lado del mundo, pero no somos capaces de relacionarnos con nuestros vecinos o incluso con nuestros propios familiares.
Aun así, la tecnología siempre nos ha proporcionado las herramientas necesarias para hacer de nuestra vida una experiencia más eficiente. Internet, sin duda, es una de ellas, pero el peligro de abusar de su uso la convierte en un riesgo y nos vuelve, en muchas ocasiones, dependientes en la búsqueda obsesiva de permanecer conectados, actualizados y, sobre todo, seguidos y respaldados por nuestros seguidores.
La necesidad de atención pone a muchos en una posición de dependencia que pocas veces es reconocida y mucho menos atendida.
LENGUAJE EN CRISIS
La dinámica propia de nuestro ritmo de vida ha propiciado transformaciones en el lenguaje y la escritura.
La lectura y escritura digital son cada vez más comunes, lo que provoca que las lecturas se vuelvan superficiales al no tener siempre la necesidad de dar seguimiento a una lectura por ese medio. Leer un libro impreso es una experiencia completamente distinta a hacerlo en un dispositivo digital, ya sea un teléfono, computadora o tableta.
Las reflexiones, anotaciones y procesos mentales involucrados son diferentes si son de manera análoga o digital. La oferta informativa nos distrae y con frecuencia saltamos de un tema a otro sin dar seguimiento a lo que inicialmente nos interesaba.
Esto también se refleja en nuestra manera de hablar y escribir. Las redes sociales nos presentan y promueven intensamente herramientas que reducen la comunicación a palabras breves y nos empujan al uso de emojis, memes y frases abreviadas, lo que en muchas ocasiones reduce la expresión y comprensión de nuestras ideas.
Se presta menos atención a la ortografía y la redacción, ya que las conversaciones suelen estar envueltas en una cómoda informalidad.
De esta manera, nuestra capacidad lingüística y de pensamiento se va reduciendo con el transcurso del tiempo.
EL PODER DE LAS REDES SOCIODIGITALES
En Internet parecería que todos tenemos voz; todos podemos decir y hacer lo que queramos, aparentemente.
Aunque las redes pretenden ser neutrales, su poder económico y de influencia está controlado por algunas pocas empresas, bastante alejadas de los usuarios.
Los algoritmos son dirigidos por otros para decidir qué es lo que vemos y cómo interactuamos con esa información.
Dejamos información personal valiosa en nuestros dispositivos que les permite vigilarnos y monitorearnos a partir de nuestras búsquedas y likes.
Esta información se convierte en parte de diferentes bases de datos que se utilizan para generar publicidad dirigida, que puede afectar elecciones, sembrar opiniones en el colectivo general e incluso alterar nuestra percepción de ciertas realidades.
USO ADECUADO DE INTERNET
Una de las preguntas más importantes que podemos hacernos al respecto es si estamos utilizando Internet de manera correcta.
Como herramienta de nuestra vida cotidiana, no podemos negar su importancia y poder, pero la manera en la que nos relacionamos con ella no parece ser la mejor.
Funciona como un estímulo permanente y rara vez nos detenemos a pensar si lo que nos ofrece es real, útil o necesario.
Es un generador y archivo de información confirmada o no que se encuentra a nuestro alcance de manera inmediata. Muchas veces le confiamos nuestra información más personal sin preguntarnos en dónde puede estar utilizándose ni con qué fin.
Por otro lado, el acceso a la educación y el conocimiento se ha visto beneficiado al permitir que todos, o la mayoría, tengan una mayor posibilidad de acceder a más información. Muchas comunidades que por años se mantuvieron aisladas ahora están conectadas con poblaciones vecinas, fomentando así el intercambio cultural y comercial.
Sin embargo, el placer inmediato y la información fácil son el producto de consumo. La gente prefiere usar su tiempo en redes sociales buscando seguidores y likes antes que buscar información que complemente sus conocimientos.
Se consume más material de bajo contenido intelectual que trabajos de mayor profundidad.
El problema no es Internet; somos nosotros y el uso que le damos, así como la manera en la que decidimos interactuar en él. Vivimos en una sociedad que fomenta la velocidad por encima de la calidad y la cantidad sobre la profundidad de las cosas. No hay espacio para la contemplación; el consumo está por encima.
Había estado esperando ese día con mucha inquietud. No estaba seguro de si obtendría una respuesta favorable a mis intereses, ni tampoco de si me sería negada. Me encontraba justo en medio de ambas posibilidades, inmerso en una completa incertidumbre.
Me había presentado a hacer el examen de admisión a la Facultad de Arquitectura de la UNAM sin haber estudiado. En aquellos años, finales de los noventas, en la prepa donde estudié, la escuela se encargaba de todo el trámite de inscripción a la prueba, te entregaban la guía de estudio correspondiente al área de tu carrera, y uno solo tenía que ponerse a estudiar.
No tuve un buen primer año de bachillerato. En el segundo, mejoré un poco, y en el tercero, otro tanto, lo suficiente para salir con un promedio decente que pocas veces convencía a mis padres. Me pidieron, o más bien, me exigieron, dejar el fútbol, no ver a mi novia los fines de semana, guardar la guitarra, y dedicarme únicamente a leer la chingada guía.
Recuerdo llegar todos los días a casa para comer y luego subir a mi cuarto, tirarme de panza en la cama, aislado de todos, abrir la guía, clavar la frente sobre ella, y dormir hasta que la culpa me despertaba un par de horas después.
Podría parecer que me importaba poco el futuro, pero no era así. Simplemente no encontraba el hilo de las cosas. Aunque desde niño siempre dije que sería arquitecto, en ese momento veía los compromisos como una bola gigante que se me venía encima, y no encontraba otra forma de enfrentarlos que apagándolos con una siesta un par de horas al día.
El examen no fue fácil, pero tampoco imposible. Eran ciento veinte preguntas de opción múltiple, agrupadas en diferentes temas de cultura general. Algunas requerían operaciones matemáticas de diversa complejidad, así como fórmulas físicas y químicas para resolver problemas y encontrar la respuesta correcta entre las opciones, todas muy parecidas.
Pasaron tres o cuatro meses entre el examen y la publicación de los resultados en la Gaceta de la UNAM. Durante ese tiempo, casi todos los días en casa me preguntaban cómo me había sentido y si creía tener los aciertos suficientes para quedarme, aumentando así la tensión en la espera del resultado.
No salí la noche anterior; temía no haber sido seleccionado y tener que escuchar reclamos todo el domingo, en medio de una cruda, una desvelada y con pocos argumentos para defenderme bajo esas condiciones. Salí sin hacer ruido a las 6:00 am para buscar algún puesto de periódicos abierto. En el primer puesto donde paré, ya estaba el vendedor acomodando las gacetas sobre una mesa. Me recuerdo agitado, tratando de controlar mi respiración y no hacer evidentes mis nervios. Subí al coche y busqué mi número de boleta. No lo encontré. Busqué de nuevo y, ahí estaba, con la letra "S" de Seleccionado.
Esta vez fue diferente. Decidí estudiar Periodismo como segunda carrera, con la ventaja de que mi futuro profesional no dependía de ser aceptado o no. Independientemente de no tener tiempo libre en mi vida, otra vez no estudié para presentar el examen, pero en esta ocasión fue una decisión tomada desde el principio. Bajo la lógica de que la prueba sería sobre cultura general y razonamiento lógico, confié en mis conocimientos y en mi capacidad, no sé si mucha o poca, de pensar analíticamente las cosas. Aproveché el tiempo para despejarme y aislarme del ruido cotidiano, y me salí con la mía, fui aceptado con un porcentaje de aciertos con el que me siento satisfecho.
Me siento oxidado; normalmente leo mucho, pero llevo años sin hacer una tarea, y en esta primera semana me quedo en blanco cada vez que intento comenzar alguna de las que ya tengo.
Pensé que reactivar mi blog podría ayudarme a soltar las palabras y las ideas. Le cambié el nombre que tuvo durante dieciséis años, desde el 8 de agosto del 2008 hasta hoy, que estoy escribiendo de nuevo por aquí con música y fotos siempre que se pueda.