viernes, 29 de noviembre de 2024
Internet y Redes Sociales
jueves, 15 de agosto de 2024
Cronicografía Cotidiana
Había estado esperando ese día con mucha inquietud. No estaba seguro de si obtendría una respuesta favorable a mis intereses, ni tampoco de si me sería negada. Me encontraba justo en medio de ambas posibilidades, inmerso en una completa incertidumbre.
Me había presentado a hacer el examen de admisión a la Facultad de Arquitectura de la UNAM sin haber estudiado. En aquellos años, finales de los noventas, en la prepa donde estudié, la escuela se encargaba de todo el trámite de inscripción a la prueba, te entregaban la guía de estudio correspondiente al área de tu carrera, y uno solo tenía que ponerse a estudiar.
No tuve un buen primer año de bachillerato. En el segundo, mejoré un poco, y en el tercero, otro tanto, lo suficiente para salir con un promedio decente que pocas veces convencía a mis padres. Me pidieron, o más bien, me exigieron, dejar el fútbol, no ver a mi novia los fines de semana, guardar la guitarra, y dedicarme únicamente a leer la chingada guía.
Recuerdo llegar todos los días a casa para comer y luego subir a mi cuarto, tirarme de panza en la cama, aislado de todos, abrir la guía, clavar la frente sobre ella, y dormir hasta que la culpa me despertaba un par de horas después.
Podría parecer que me importaba poco el futuro, pero no era así. Simplemente no encontraba el hilo de las cosas. Aunque desde niño siempre dije que sería arquitecto, en ese momento veía los compromisos como una bola gigante que se me venía encima, y no encontraba otra forma de enfrentarlos que apagándolos con una siesta un par de horas al día.
El examen no fue fácil, pero tampoco imposible. Eran ciento veinte preguntas de opción múltiple, agrupadas en diferentes temas de cultura general. Algunas requerían operaciones matemáticas de diversa complejidad, así como fórmulas físicas y químicas para resolver problemas y encontrar la respuesta correcta entre las opciones, todas muy parecidas.
Pasaron tres o cuatro meses entre el examen y la publicación de los resultados en la Gaceta de la UNAM. Durante ese tiempo, casi todos los días en casa me preguntaban cómo me había sentido y si creía tener los aciertos suficientes para quedarme, aumentando así la tensión en la espera del resultado.
No salí la noche anterior; temía no haber sido seleccionado y tener que escuchar reclamos todo el domingo, en medio de una cruda, una desvelada y con pocos argumentos para defenderme bajo esas condiciones. Salí sin hacer ruido a las 6:00 am para buscar algún puesto de periódicos abierto. En el primer puesto donde paré, ya estaba el vendedor acomodando las gacetas sobre una mesa. Me recuerdo agitado, tratando de controlar mi respiración y no hacer evidentes mis nervios. Subí al coche y busqué mi número de boleta. No lo encontré. Busqué de nuevo y, ahí estaba, con la letra "S" de Seleccionado.
Esta vez fue diferente. Decidí estudiar Periodismo como segunda carrera, con la ventaja de que mi futuro profesional no dependía de ser aceptado o no. Independientemente de no tener tiempo libre en mi vida, otra vez no estudié para presentar el examen, pero en esta ocasión fue una decisión tomada desde el principio. Bajo la lógica de que la prueba sería sobre cultura general y razonamiento lógico, confié en mis conocimientos y en mi capacidad, no sé si mucha o poca, de pensar analíticamente las cosas. Aproveché el tiempo para despejarme y aislarme del ruido cotidiano, y me salí con la mía, fui aceptado con un porcentaje de aciertos con el que me siento satisfecho.
Me siento oxidado; normalmente leo mucho, pero llevo años sin hacer una tarea, y en esta primera semana me quedo en blanco cada vez que intento comenzar alguna de las que ya tengo.
Pensé que reactivar mi blog podría ayudarme a soltar las palabras y las ideas. Le cambié el nombre que tuvo durante dieciséis años, desde el 8 de agosto del 2008 hasta hoy, que estoy escribiendo de nuevo por aquí con música y fotos siempre que se pueda.
"Go"
The Chemical Brothers
miércoles, 22 de noviembre de 2023
The party that makes me feel my age
miércoles, 2 de junio de 2021
. n i n a .
A Nina la conocí casi recién nacida. Se llamaba Phoenix entonces, le habían puesto ese nombre porque no comía bien y no se estaba desarrollando como sus hermanos, parecía que no iba a sobrevivir, pero daba batalla y se mantenía viva.
Por aquellos días yo vivía solo en la Narvarte. Todos los días regresaba a mi casa pateando piedritas en la calle, pensando en adoptar un perro que me hiciera compañía.
Me contaron de un refugio que tenían unas chavas que conocían a una amiga, pero solo tenían unos gatitos recién nacidos. Bueno, pero que sea una gatita negra. Según yo, poniendo condiciones.
Conectamos de inmediato, se me acercó tambaleante mientras sus hermanos seguían tomando leche y su mamá me veía con ojos de cansancio. La puse en mi mano, me contaron que tenía su colita rota y preguntaron si no me importaba porque a veces rechazan a los cachorros que no les parecen perfectos. Me pidieron un mes para esperar a que sobreviviera y que se pudiera ir conmigo.
Desde que llegó a casa ya no se despegó de mí. Los primeros días se acostaba en mi cuello con su ronroneo encendido después de amasarme con sus garritas de aguja.
A su manera, fue muy sociable. Se acercó a todas las personas que entraron a nuestra casa. Tenía muchas rutinas en las que me hacía participar y, sin darme cuenta, las volví mías.
Todos las mañanas se paraba en dos patas junto a la cama con sus maullidos especiales matutinos, algunos besos de nariz y si no me levantaba, brincaba sobre mí para darme masaje de garras en la barriga y el pecho.
Guardia en la puerta esperando a que me bañara, mordidas en los pies mientras me vestía y exigencia por subir a la azotea antes de irme.
Me la encontré en la puerta casi siempre que volví de la calle, no sé si me olía o escuchaba, pero me esperaba para subir otra vez a ver las plantas y explorar por ahí.
Antes de dormir venía a darme una sesión de topes en la cara y ronroneos intensos.
Hoy, hace una semana, nos dimos cuenta que algo no iba bien. Fuimos al veterinario el viernes y el sábado nos dieron la peor noticia.
Platiqué mucho con ella esos últimos días. La vi esforzarse por no verse mal, por seguir caminando con elegancia con una patita delante de la otra como si fuera en un alambre, pero ya no podía más. Fue todo muy rápido.
Finalmente, el domingo por la noche, las mismas chavas que me la prestaron estos diez años, me ayudaron para que alguien viniera a casa para que ya pudiera descansar. Se fue tranquila, rodeada y acariciada por Maya, Inki y por mí.
Fui su persona, la extraño cabrón y no puedo dejar de llorarle a mi Nina gatita de plomo.
“Tiny Dancer”
Elton John
miércoles, 6 de enero de 2021
Nina de plomo
Se enteró antes que yo, creo. No lo había relacionado, pero lleva tres o cuatro días observándome demasiado.
Hoy vino preocupada, se acostó en mi pecho, me olió con cuidado y paciencia, me maulló que esté tranquilo, repitió la revisión olfativa y volvió a acostarse sobre mí sin apartar sus ojos de los míos. Así estuvimos hasta que me dormí un rato y soñé cosas rarísimas y atemporales que a esta hora ya no recuerdo.
Nina, gatita de plomo, cómo te quiero.
sábado, 19 de septiembre de 2020
El Puño en Alto y Silencio.
Encuentro algunas coincidencias entre aquel año y 2017, me refiero a más allá de la obvia. Treinta y dos años antes recién nos habíamos mudado a la casa donde ahora viven mis papás, Tatiana y yo estábamos muy emocionados porque Axel no tardaba en nacer, teníamos amigos nuevos por el cambio de escuela, teníamos muchos parques cerca para correr, jugar, escondernos y también hacer más amistades ahí. Fue un cambio determinante en nuestras vidas porque ya no vivíamos en el tráfico y teníamos más tiempo para ver a nuestros papás en otro lugar que no fuera el coche.
Hace tres años también habíamos cambiado de casa, yo estaba cansado de vivir en el ruido de La Condesa, el tráfico otra vez, aunque me transporto sobre todo en bicicleta, los borracheras escandalosas de todos los días, a toda hora y de varios de mis vecinos. Encontramos un departamento a media cuadra de mi trabajo, a 15 minutos del de Ingrid y así la convencí de movernos a Coyoacán, con otras muchas consecuencias a partir de eso.
Cuando el piso brincó un par de veces, lo primero que pensé fue que estaba pasando un camión frente a la casa donde estaba aquella oficina donde trabajaba entonces, pero en el fondo creo que sabía que era otro terremoto porque por ahí solo había espacio para que pasara un camioneta no muy grande y circulando despacio, entonces quise convencerme de que se había azotado una puerta o que había una obra inexistente en la casa de junto, que alguien estaba saltando para asustarnos porque, de todas las probabilidades, la que parecía menos factible, era la única real y no podía creerlo.
Después de pasar por todas esas posibilidades en mi cabeza en menos de un segundo, salí corriendo al garage junto a las otras dos personas con las que estaba reunido, abajo nos encontramos con otros tres compañeros y después de no poder abrir la puerta para salir a la calle, nos quedamos abrazados tratando de mantener el equilibrio.
A partir de ahí, pude hablar con mi novia y saber que estaba bien, mis papás también, pero de mis hermanos pasaban los minutos y no teníamos noticias. A él lo busqué primero porque su trabajo estaba más o menos cerca de donde yo estaba, en el camino pude hablar con ellos por mensaje, las líneas de los teléfonos estaban intermitentes y el internet se había caído también, por lo que yo no supe de ningún derrumbe hasta que tomé mi bicicleta y me fui a La Condesa a ayudar a mi hermana a recoger algunas cosas y a que saliera de ahí.
Fue un camino muy raro, mi recorrido fue por División del Norte hasta Nuevo León y Sonora, pasando por las calles que salen y entran de Amsterdam cerradas con cintas por militares. Pasé por muchos lugares donde hubo derrumbes y no los vi, mi atención estaba puesta en llegar con ella.
Creí que iba a poder contar lo que pasó en las siguientes dos semanas, pero no.
Lo que sí quiero compartir es el esfuerzo y la admiración por la mayoría de las personas que conozco, son mis héroes para siempre. A mis papás y Tati, que prepararon comida para los voluntarios. A Ingrid y Tania que administraron los botiquines y el agua en el Centro de Acopio de la Alberca Olímpica. A Axel, Rodrigo y Héctor que dormían dos horas para regresar al trabajo y saliendo se iban a cargar escombros, un día sí y al siguiente también. A Carlos que hizo revisiones estructurales en muchos edificios dañados, algunos a punto de colapsar. A Volador, que se movió por todos lados para conseguir pilas para los centros de acopio. A la Parrilla Urbana de División y Heriberto Frías, que abrió su cocina y atendió a los voluntarios y rescatistas del edificio de Escocia y Edimburgo. A los que levantaron el puño, guardaron silencio y otra vez bajaron los brazos pero solo para levantarlos después con piedras.
No hay música hoy, en su lugar, el poema de Juan Villoro en la voz de muchas personas.
"El puño en Alto".
martes, 10 de marzo de 2020
#9M Un Día Sin Mujeres
lunes, 2 de mayo de 2016
NADA, RUEDA, CORRE
Avisaba con un megáfono uno de los jueces montado en un jet-ski.
- Quedan diez minutos para que termine la prueba, están a quinientos metros y es muy difícil que lo logren. Pueden quedarse aquí para que los recoja la lancha barredora o pueden seguir nadando hasta donde lleguen. - Terminó de advertirnos.
Sabía que era cierto, apenas me recuperaba de un calambre en la planta del pie izquierdo y me sentía muy cansado, pero no iba a dejar de intentarlo, pelearía hasta el último segundo. Esa distancia final era a favor de la corriente, los primeros mil metros habían sido con el agua en contra y ese era mi último hilo de esperanza para lograr llegar antes del tiempo límite para recoger a La Macaria.
Nadé tan rápido como pude, el calambre no dejaba de amenazar con volver y algunas aguas malas flotaban en la ruta. A pesar de mi esfuerzo, me quedé a cien metros del punto de control cuando sonaron los silbatos y no me dejaron tomar mi bicicleta para seguir en la competencia.
Me costó superarlo, podría decir que aún no puedo hacerlo. Ese día lloré mucho y tampoco pude disfrutar del todo las vacaciones que había planeado con Ingrid y mis hermanos. Durante algunos días, pensé que era injusto que no me permitieran seguir en la competencia hasta que entendí que las reglas eran esas y precisamente por ser así de estrictas, el volverse triatleta sería algo tan especial. No cualquiera puede terminar las tres pruebas y yo, en ese momento, no tenía lo necesario para serlo. Debía prepararme mejor si quería ser parte de ese grupo.
Dos años pasaron para que pensara intentarlo de nuevo. Volador empezó a calentarme la cabeza a finales del año pasado.
- Bernabéu, ¿no te dan ganas de hacer un triatlón?- Tiró el anzuelo.
- Me da puto cagarla de nuevo pero, déjame pensarlo... Mmmmhhh, ya lo pensé, sí, ja.- Y yo, me enganché sin poner resistencia.
Elegimos Monterrey sobre Huatulco que era nuestra otra opción. Inki, Tania y Carlos se sumaron al plan de acompañarnos.
Llegamos un día antes de la competencia. Apenas dejamos nuestras cosas en casa de la mamá de Tania, en las faldas del Cerro de la Silla, y nos fuimos al Parque Fundidora donde me encontré con Helios, un amigo del futbol que ahora trabaja en la empresa que organiza los triatlones en México. Me dio mucha tranquilidad que él estuviera ahí y saber que es el encargado del equipo médico.
Llevamos a Maclovia y Macaria al rack de nuestra categoría, en el camino nos marcaron los brazos y piernas con nuestros números de competidor. Acomodamos nuestras cosas y nos tomamos una foto con nuestras bicis.
Entre el viaje y la expo, no habíamos comido más que las galletas del avión. Nos fuimos a comer y después a descansar. Mientras esperábamos a Carlos y Tania, cuyo vuelo se retrasó casi seis horas, fuimos a buscar algo de cenar a las once de la noche aprovechando que nuestra competencia empezaría casi al mediodía. Encontramos unos tacos callejeros ganadores que tenían algo llamado Chicharritas, chicharrón prensado con carnitas en taco o torta, espectaculares.
Nos fuimos a dormir y por la mañana algunos amigos mandaron mensajes avisando de una tormenta que había caído la noche anterior provocando el desborde del sistema pluvial en el río donde sería la prueba de natación. Los organizadores decidieron recortar la ruta, maldita sea, y seguir con el evento.
César y yo empezamos a estirar afuera del canal mientras algunos ya estaban haciendo un poco de natación para ir calentando músculos. Recordé mis pocas clases de yoga haciendo algunos ejercicios de respiración y las posiciones que hasta ahora mejor me salen, o sea, dos.
Ingrid se acercó a despedirme y entonces me clavé en el agua para moverme hacia el bloque de salida. Volador y yo platicamos mientras se acercaba la hora de nuestro arranque, vimos salir a dos bloques de otras categorías y nos dijimos cuánto estábamos nerviosos por ya comenzar y que pasara lo que tuviera que pasar.
Al fin nos tocó formarnos en el arco de inicio, hubo una cuenta regresiva, preparé mi Garmin para registar mi competencia, sonó la salida y me lancé hacia adelante para empezar a nadar. La visibilidad no era buena, el agua estaba bastante turbia en un tono verdoso y lo único que podía distinguir eran los pies de los nadadores que iban delante de mí. Ya me lo habían dicho, en la natación siempre hay golpes. Haciendo válidas los advertencias, me tocaron algunas patadas, una de ellas en la nariz que me paró en seco.
Supongo que fue por la emoción de arrancar y los nervios en general, a los doscientos metros, me di cuenta de que no había iniciado mi Garmin, es una pendejada pero para mí era importante cronometrar el tiempo total de cada prueba y grité bajo el agua un "¡Mierdaaaaaaaaaaa!" antes de parar otra vez y apretar el chingado botón de inicio. No me desconcentré pero no hice la mejor competencia. Nadé tratando de hacerlo rápido hasta que empecé a sofocarme y detenerme un par de veces más. Los últimos doscientos cincuenta metros pude encontrar un ritmo y nadarlos de corrido hasta que di una brazada y mi mano chocó con la rampa de salida, no podía creerlo, estaba saliendo del agua y supe que ese día, iba a ser el mío.
Me arranqué los goggles y la gorra, oí a Ingrid gritarme y corrí con paso tambaleante hacia la zona de transición por un camino de unos 50 metros con una alfombra azul que terminaba en los corrales donde estaban las bicicletas. Ahí corrí sobre pasto y lodo mientras me acercaba a Macaria. Cuando llegué al árbol donde la había dejado, no estaba ahí y pensé que alguien la habría tomado.
- ¡¿Quién se roba una bicicleta aquí?! ¡No mamen!
Entonces me di cuenta que la euforia me había llevado a otro rack y a lo lejos vi mi bicicleta tal y como la había dejado. Regresé corriendo y recordé las palabras de Eva Verónica unos días antes.
- Vas a tomar el agua que te den saliendo de la natación, bebe un poco y el resto úsala para limpiarte los pies. Ponte primero los lentes para que no se te olviden, luego el casco y la banda con tu número. Cálzate las zapatillas y corre con ellas hasta la línea de salida de ciclismo.
Lo hice todo tal y como lo dijo excepto lo de las zapatillas. Las tomé con mi mano izquierda después de chocar mi puño con Volador que iba llegando a recoger su bicicleta también y con mi mano derecha tomé el manubrio para salir corriendo otros cincuenta metros hasta poder subirme a la bici.
Zapatos puestos, clip izquierdo enganchado, gritos de otros competidores y del público, empiezo a pedalear y siento como mis muslos se tensan cuando al fin arranco. Me sé fuerte y estoy emocionado pero no quiero perder la concentración, sé que algún día me caeré de la bicicleta pero no quiero que sea hoy.
Alcanzo a oír los gritos de Carlos y Tania cuando paso junto a ellos, quiero hacer el mejor tiempo posible y decido no guardarme nada aquí tampoco, voy a pedalear tan rápido como pueda y hasta que pueda. El circuito es de ocho kilómetros y tenemos que hacerlo cinco veces. Hay muchas curvas y voy por momentos junto a algunos ciclistas muy veloces a los que quiero pegarme pero no logro aguantarles el ritmo más de algunos metros. Cada vez que paso frente a los muchachos escucho sus gritos y me lleno de energía para seguir. A pesar de algunos tramos con el pavimento muy dañado, las llantas resistieron y no tuve que usar la cámara que compré el día anterior y que no sé cambiar todavía. En el recorrido me cruzo con César y nos gritamos para darnos aliento.
- ¡Bernabéu!
- ¡Venga, Volador! - le respondo con un grito.
Termino la distancia y corro para dejar a Macaria mientras dos competidores van peleando a mentadas de madre tal vez por algún rebase que a alguno de ellos no le gustó. La etapa sobre la bicicleta no es mucho menos agresiva que la natación, me tocó ver muchos rebases apretados y a algunos ciclistas haciendo movimientos imprudentes, aunque no siempre con mala intención sino por falta de pericia. Yo estoy un poco como zombie cuando voy camino al rack, para mí es un sueño estar ahí y sentirme tan bien, siento que estoy haciendo buena competencia y sigo en mi carrera.
Me saco las zapatillas, me pongo calcetas y me calzo mis tenis, es la última vez que voy a usarlos para una carrera. Me pongo mi gorra y me tomo uno de los geles que traigo mientras empiezo a correr para salir de la segunda transición.
Cuando entré al circuito lo hice corriendo a buen ritmo y sigo hasta encontrarme con mi novia y mis amigos de frente en la primera curva antes de subir al primer puente de los dos que tendría que subir cuatro veces cada uno, ¿qué?. Me gritan, les sonrío y sigo con mi camino, veo que llevo buen paso y empiezo a hacer cuentas para calcular mi llegada. Apenas tres kilómetros adelante se empiezan a caer mis números, comienzo a bajar mi ritmo dramáticamente y tomo uno de los dos geles que me quedan.
Entonces me pasa lo que nunca, se me quedan torcidas las manos y los brazos, algo no está bien y me preocupo pero, una vez que me tomo el gel, todo vuelve casi a la normalidad y sigo mi camino.
Cada que paso frente a Carlos me grita que me veo entero, mentira, sé que me está mintiendo pero le agradezco sus porras y acepto un gel que casi me lleva hasta la boca.
- ¿Cómo vas, ca? Te falta solo una vuelta. - Me dice serio.
- Ya troné, Prieto. - Le contesto mientras pienso que sí, sé que ya no puedo más pero que salirme no es una opción, voy a terminar como sea.
Arranco a la última vuelta con las piernas hechas una piedra. Faltando quinientos metros alguien en el público le grita a un corredor que viene a unos pasos de mí y con el que vengo corriendo casi toda la prueba de carrera.
- ¡Venga, Yoda! Ya no trae nada ese flaco, chíngatelo.
Yoda se envalentona y me rebasa a toda velocidad frente a su amigo y yo lo veo alejarse algunos metros delante de mi mientras pienso "Ya te luciste con tu amigo, putito. Ahora voy por ti." Aprieto el paso un poco y empiezo a cazarlo hasta que, faltando doscientos metros arranco con lo último que me queda y logro llegar corriendo a la meta mientras oigo los gritos de Ingrid, Tania y Carlos. Me doblo sobre una barrera. Vomito.
Camino y me encuentro con Dr. Helios quien me lleva a la enfermería para asegurarse de que estoy bien mientras platicamos y confirmamos que no hay problema, las manos torcidas fueron una baja de azúcar por calcular mal los geles que consumiría.
Entonces salgo y coincido con la llegada de César que viene codo a codo con otro corredor y le grito para animarlo. Lo veo cruzar la meta. Camino hacia él para abrazarlo y felicitarlo.
- ¡Volador! ¡Volador! - le grito mientras nos acercamos.
- Somos triatletas, manito.- Me responde y nos abrazamos agotados.
Nos vamos caminando mientras nos contamos nuestras carreras y nos seguimos felicitando.
¿Viste qué chingón estaba el Cerro de la Silla?; Sí, la nube que traía encima estaba poca madre; Güey, hay unos cabrones rapidísimos en la bici; ¡Y las chavas!; Sí, no mames. Me le pegué a una hasta que le di hueva y me dejó cagada de risa; Jajaja, ¿Te das cuenta que hoy nos volvimos triatletas?; Tenemos que repetirlo; Y prepararnos mejor; Tenemos que ser más fuertes y más rápidos. Hoy teníamos que terminar pero podemos hacerlo mucho mejor; ¿Cuándo el siguiente? Abrazos, lágrimas, risas.
Así, maté a uno de mis dragones. No podría decir que he tenido la fortuna porque no creo en la suerte y menos en el destino, tuve que chingarle para lograrlo. Ahora tengo otro dragón pendiente desde hace tiempo y al que no puedo seguir dejando vivo. Ya le encajé mi espada, pero tengo que rematarlo en las próximas semanas. Ya estuvo bueno de escribir de carreras y trataré de concentrarme estos próximos días para venir a contar sobre eso y otras cosas.
Focus, focus, focus, Bernardo.
Llevo varias semanas despertando con Al Green cantando en mi cabeza.
Al Green
"Let's Stay Together"



