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lunes, 2 de mayo de 2016

NADA, RUEDA, CORRE

- ¡Atención! ¡Atención!

Avisaba con un megáfono uno de los jueces montado en un jet-ski.

- Quedan diez minutos para que termine la prueba, están a quinientos metros y es muy difícil que lo logren. Pueden quedarse aquí para que los recoja la lancha barredora o pueden seguir nadando hasta donde lleguen. - Terminó de advertirnos.

Sabía que era cierto, apenas me recuperaba de un calambre en la planta del pie izquierdo y me sentía muy cansado, pero no iba a dejar de intentarlo, pelearía hasta el último segundo. Esa distancia final era a favor de la corriente, los primeros mil metros habían sido con el agua en contra y ese era mi último hilo de esperanza para lograr llegar antes del tiempo límite para recoger a La Macaria. 

Nadé tan rápido como pude, el calambre no dejaba de amenazar con volver y algunas aguas malas flotaban en la ruta. A pesar de mi esfuerzo, me quedé a cien metros del punto de control cuando sonaron los silbatos y no me dejaron tomar mi bicicleta para seguir en la competencia.

Me costó superarlo, podría decir que aún no puedo hacerlo. Ese día lloré mucho y tampoco pude disfrutar del todo las vacaciones que había planeado con Ingrid y mis hermanos. Durante algunos días, pensé que era injusto que no me permitieran seguir en la competencia hasta que entendí que las reglas eran esas y precisamente por ser así de estrictas, el volverse triatleta sería algo tan especial. No cualquiera puede terminar las tres pruebas y yo, en ese momento, no tenía lo necesario para serlo. Debía prepararme mejor si quería ser parte de ese grupo.

Dos años pasaron para que pensara intentarlo de nuevo. Volador empezó a calentarme la cabeza a finales del año pasado.

- Bernabéu, ¿no te dan ganas de hacer un triatlón?- Tiró el anzuelo.
- Me da puto cagarla de nuevo pero, déjame pensarlo... Mmmmhhh, ya lo pensé, sí, ja.- Y yo, me enganché sin poner resistencia.

Elegimos Monterrey sobre Huatulco que era nuestra otra opción. Inki, Tania y Carlos se sumaron al plan de acompañarnos.

Llegamos un día antes de la competencia. Apenas dejamos nuestras cosas en casa de la mamá de Tania, en las faldas del Cerro de la Silla, y nos fuimos al Parque Fundidora donde me encontré con Helios, un amigo del futbol que ahora trabaja en la empresa que organiza los triatlones en México. Me dio mucha tranquilidad que él estuviera ahí y saber que es el encargado del equipo médico. 

Llevamos a Maclovia y Macaria al rack de nuestra categoría, en el camino nos marcaron los brazos y piernas con nuestros números de competidor. Acomodamos nuestras cosas y nos tomamos una foto con nuestras bicis.

Entre el viaje y la expo, no habíamos comido más que las galletas del avión. Nos fuimos a comer y después a descansar. Mientras esperábamos a Carlos y Tania, cuyo vuelo se retrasó casi seis horas, fuimos a buscar algo de cenar a las once de la noche aprovechando que nuestra competencia empezaría casi al mediodía. Encontramos unos tacos callejeros ganadores que tenían algo llamado Chicharritas, chicharrón prensado con carnitas en taco o torta, espectaculares. 

Nos fuimos a dormir y por la mañana algunos amigos mandaron mensajes avisando de una tormenta que había caído la noche anterior provocando el desborde del sistema pluvial en el río donde sería la prueba de natación. Los organizadores decidieron recortar la ruta, maldita sea, y seguir con el evento.

César y yo empezamos a estirar afuera del canal mientras algunos ya estaban haciendo un poco de natación para ir calentando músculos. Recordé mis pocas clases de yoga haciendo algunos ejercicios de respiración y las posiciones que hasta ahora mejor me salen, o sea, dos.

Ingrid se acercó a despedirme y entonces me clavé en el agua para moverme hacia el bloque de salida. Volador y yo platicamos mientras se acercaba la hora de nuestro arranque, vimos salir a dos bloques de otras categorías y nos dijimos cuánto estábamos nerviosos por ya comenzar y que pasara lo que tuviera que pasar. 

Al fin nos tocó formarnos en el arco de inicio, hubo una cuenta regresiva, preparé mi Garmin para registar mi competencia, sonó la salida y me lancé hacia adelante para empezar a nadar. La visibilidad no era buena, el agua estaba bastante turbia en un tono verdoso y lo único que podía distinguir eran los pies de los nadadores que iban delante de mí. Ya me lo habían dicho, en la natación siempre hay golpes. Haciendo válidas los advertencias, me tocaron algunas patadas, una de ellas en la nariz que me paró en seco.

Supongo que fue por la emoción de arrancar y los nervios en general, a los doscientos metros, me di cuenta de que no había iniciado mi Garmin, es una pendejada pero para mí era importante cronometrar el tiempo total de cada prueba y grité bajo el agua un "¡Mierdaaaaaaaaaaa!" antes de parar otra vez y apretar el chingado botón de inicio. No me desconcentré pero no hice la mejor competencia. Nadé tratando de hacerlo rápido hasta que empecé a sofocarme y detenerme un par de veces más. Los últimos doscientos cincuenta metros pude encontrar un ritmo y nadarlos de corrido hasta que di una brazada y mi mano chocó con la rampa de salida, no podía creerlo, estaba saliendo del agua y supe que ese día, iba a ser el mío.

Me arranqué los goggles y la gorra, oí a Ingrid gritarme y corrí con paso tambaleante hacia la zona de transición por un camino de unos 50 metros con una alfombra azul que terminaba en los corrales donde estaban las bicicletas. Ahí corrí sobre pasto y lodo mientras me acercaba a Macaria. Cuando llegué al árbol donde la había dejado, no estaba ahí y pensé que alguien la habría tomado.

- ¡¿Quién se roba una bicicleta aquí?! ¡No mamen!

Entonces me di cuenta que la euforia me había llevado a otro rack y a lo lejos vi mi bicicleta tal y como la había dejado. Regresé corriendo y recordé las palabras de Eva Verónica unos días antes.

- Vas a tomar el agua que te den saliendo de la natación, bebe un poco y el resto úsala para limpiarte los pies. Ponte primero los lentes para que no se te olviden, luego el casco y la banda con tu número. Cálzate las zapatillas y corre con ellas hasta la línea de salida de ciclismo.

Lo hice todo tal y como lo dijo excepto lo de las zapatillas. Las tomé con mi mano izquierda después de chocar mi puño con Volador que iba llegando a recoger su bicicleta también y con mi mano derecha tomé el manubrio para salir corriendo otros cincuenta metros hasta poder subirme a la bici. 

Zapatos puestos, clip izquierdo enganchado, gritos de otros competidores y del público, empiezo a pedalear y siento como mis muslos se tensan cuando al fin arranco. Me sé fuerte y estoy emocionado pero no quiero perder la concentración, sé que algún día me caeré de la bicicleta pero no quiero que sea hoy. 

Alcanzo a oír los gritos de Carlos y Tania cuando paso junto a ellos, quiero hacer el mejor tiempo posible y decido no guardarme nada aquí tampoco, voy a pedalear tan rápido como pueda y hasta que pueda. El circuito es de ocho kilómetros y tenemos que hacerlo cinco veces. Hay muchas curvas y voy por momentos junto a algunos ciclistas muy veloces a los que quiero pegarme pero no logro aguantarles el ritmo más de algunos metros. Cada vez que paso frente a los muchachos escucho sus gritos y me lleno de energía para seguir. A pesar de algunos tramos con el pavimento muy dañado, las llantas resistieron y no tuve que usar la cámara que compré el día anterior y que no sé cambiar todavía. En el recorrido me cruzo con César y nos gritamos para darnos aliento.

- ¡Bernabéu!
- ¡Venga, Volador! - le respondo con un grito.

Termino la distancia y corro para dejar a Macaria mientras dos competidores van peleando a mentadas de madre tal vez por algún rebase que a alguno de ellos no le gustó. La etapa sobre la bicicleta no es mucho menos agresiva que la natación, me tocó ver muchos rebases apretados y a algunos ciclistas haciendo movimientos imprudentes, aunque no siempre con mala intención sino por falta de pericia. Yo estoy un poco como zombie cuando voy camino al rack, para mí es un sueño estar ahí y sentirme tan bien, siento que estoy haciendo buena competencia y sigo en mi carrera.

Me saco las zapatillas, me pongo calcetas y me calzo mis tenis, es la última vez que voy a usarlos para una carrera. Me pongo mi gorra y me tomo uno de los geles que traigo mientras empiezo a correr para salir de la segunda transición.

Cuando entré al circuito lo hice corriendo a buen ritmo y sigo hasta encontrarme con mi novia y mis amigos de frente en la primera curva antes de subir al primer puente de los dos que tendría que subir cuatro veces cada uno, ¿qué?. Me gritan, les sonrío y sigo con mi camino, veo que llevo buen paso y empiezo a hacer cuentas para calcular mi llegada. Apenas tres kilómetros adelante se empiezan a caer mis números, comienzo a bajar mi ritmo dramáticamente y tomo uno de los dos geles que me quedan. 

Entonces me pasa lo que nunca, se me quedan torcidas las manos y los brazos, algo no está bien y me preocupo pero, una vez que me tomo el gel, todo vuelve casi a la normalidad y sigo mi camino.

Cada que paso frente a Carlos me grita que me veo entero, mentira, sé que me está mintiendo pero le agradezco sus porras y acepto un gel que casi me lleva hasta la boca.

- ¿Cómo vas, ca? Te falta solo una vuelta. - Me dice serio.
- Ya troné, Prieto. - Le contesto mientras pienso que sí, sé que ya no puedo más pero que salirme no es una opción, voy a terminar como sea.

Arranco a la última vuelta con las piernas hechas una piedra. Faltando quinientos metros alguien en el público le grita a un corredor que viene a unos pasos de mí y con el que vengo corriendo casi toda la prueba de carrera.

- ¡Venga, Yoda! Ya no trae nada ese flaco, chíngatelo.

Yoda se envalentona y me rebasa a toda velocidad frente a su amigo y yo lo veo alejarse algunos metros delante de mi mientras pienso "Ya te luciste con tu amigo, putito. Ahora voy por ti." Aprieto el paso un poco y empiezo a cazarlo hasta que, faltando doscientos metros arranco con lo último que me queda y logro llegar corriendo a la meta mientras oigo los gritos de Ingrid, Tania y Carlos. Me doblo sobre una barrera. Vomito.

Camino y me encuentro con Dr. Helios quien me lleva a la enfermería para asegurarse de que estoy bien mientras platicamos y confirmamos que no hay problema, las manos torcidas fueron una baja de azúcar por calcular mal los geles que consumiría.
Entonces salgo y coincido con la llegada de César que viene codo a codo con otro corredor y le grito para animarlo. Lo veo cruzar la meta. Camino hacia él para abrazarlo y felicitarlo.

- ¡Volador! ¡Volador! - le grito mientras nos acercamos.
- Somos triatletas, manito.- Me responde y nos abrazamos agotados.

Nos vamos caminando mientras nos contamos nuestras carreras y nos seguimos felicitando.

¿Viste qué chingón estaba el Cerro de la Silla?; Sí, la nube que traía encima estaba poca madre; Güey, hay unos cabrones rapidísimos en la bici; ¡Y las chavas!; Sí, no mames. Me le pegué a una hasta que le di hueva y me dejó cagada de risa; Jajaja, ¿Te das cuenta que hoy nos volvimos triatletas?; Tenemos que repetirlo; Y prepararnos mejor; Tenemos que ser más fuertes y más rápidos. Hoy teníamos que terminar pero podemos hacerlo mucho mejor; ¿Cuándo el siguiente? Abrazos, lágrimas, risas.

Así, maté a uno de mis dragones. No podría decir que he tenido la fortuna porque no creo en la suerte y menos en el destino, tuve que chingarle para lograrlo. Ahora tengo otro dragón pendiente desde hace tiempo y al que no puedo seguir dejando vivo. Ya le encajé mi espada, pero tengo que rematarlo en las próximas semanas. Ya estuvo bueno de escribir de carreras y trataré de concentrarme estos próximos días para venir a contar sobre eso y otras cosas.

Focus, focus, focus, Bernardo.

Llevo varias semanas despertando con Al Green cantando en mi cabeza.

Al Green
"Let's Stay Together"



viernes, 8 de abril de 2016

LALA 2016

Antes de que pase más tiempo, de que acumule más pendientes, sume más minutos de insomnio unas veces improductivo y otras también, aquí está mi Maratón Lala 2016.

Me sentía tranquilo una noche antes, tanto, que no me llevó más de algunos minutos quedarme dormido profundamente a pesar de una pequeña reunión en la calle que, pensando que no me dejaría dormir, tenía muy inquieta a Ingrid. Nada, dormí de corrido casi seis horas.

A las cinco de la mañana nos despertamos todos, Don Armando nos saludó y comenzó a alistarse para salir a tiempo ya que él participaría como escolta del maratón en su motocicleta. Más o menos sin prisas estuvimos a tiempo, nos subimos a la camioneta y llegamos al punto donde sería la salida de la carrera que es en una zona industrial a un costado de la planta de Lala. Nos tomamos fotos con nuestra porra, nos abrazamos y, Xó, Roger y yo, nos separamos de ellos para entrar a los corrales.



Aunque preparé más o menos bien este maratón, tenía muchas dudas sobre cómo iba a responder mi cuerpo al clima que estaba pronosticado para ese día. Al momento de la salida se sentía frío pero no tardaba en amanecer y con eso, aparecer el calor que nos habían prometido. Salimos juntos los tres y así nos mantuvimos los primeros dos kilómetros hasta que saludamos a los muchachos por primera vez.

Salimos hacia Lerdo, una de las ciudades que conforman La Comarca. Cada kilómetro, desde el inicio, me iba monitoreando para confirmar que estuviera corriendo al ritmo que había planeado. Una semana antes, platiqué con unos de mis entrenadores, Edgar, y pensamos que podía bajarle un poco a lo que había hecho hace unos meses en Chicago. Sin presionarme, lo estaba haciendo mientras disfrutaba de la gente y sus gritos. 

Además de correr, lo que más me gusta de una carrera es chocar mi mano con la de las personas en el público y aquí había muchas manos estiradas que se encontraron con la mía durante toda la carrera, ese momento de impacto palma con palma es pura energía.

Casi llegando a Lerdo, venía todavía muy concentrado en mis pasos hasta que un grito con mi nombre me despertó y vi a George que venía volando de regreso.

- ¡Venga, cabrón! - nos gritamos al mismo tiempo y seguimos con nuestros caminos.

En ese punto había una tarima con unas chavas haciendo zumba, con unos escotes espectacularmente pronunciados y que ponían unas ganas en su rutina que todos comentamos al final, para mí, la porra ganadora en el concurso que hacen los organizadores al mejor grupo de apoyo de todo el evento. Ahí se estrechaba mucho el recorrido, corrimos por una calle que estaba llena de gente en sus dos costados y que remataba con la plaza de la ciudad, la ruta la rodeaba y salíamos de regreso a Gómez Palacio. 

Creo que ese fue el último momento en el que más o menos vi un árbol que diera sombra. A partir de entonces corrí con el Sol de frente o de costado casi todo el tiempo. Entonces recordé que no me había puesto bloqueador y que no quise usar gorra.

Para el kilómetro quince, o algo así, después de saludar a Ingrid, Becca, Rodrigo y Armando, pasamos por el puente que cruza el río. Una estructura de acero por la que imagino que alguna vez pasó el tren y que me llamó mucho la atención desde el día que llegamos y pasamos por ahí.

Está chingón correr en otras ciudades, el ambiente, los gritos y en este caso, el acento, lo hacen todo distinto.

- ¡Ya se hizo! ¡Ya se hizo la mashaca!
- ¡Shíngale que ahí viene tu suegra!
- ¡Otro poco y llegan a las sheves!

Mucha gente todo el recorrido, todo el tiempo. La ruta pasa por colonias fresas y rockeras, pero en todas ellas, las personas salían con buena vibra, vaselina, bolsas de agua, hielos, miel y coca fría con gas.

Conforme fui avanzando y acercándome al final me encontré con que traía paso para romper mi récord por ocho minutos, nada mal. Además me sentía fuerte y entero. El calor lo estaba controlando con chorros de agua en la cabeza después de tomar un poco cada dos kilómetros.

Empecé a soñar con ese tiempo, romper tu marca así debe sentirse como la primera vez que metes un gol de cabeza, o como cuando tienes diecisiete años y te animas a darle un beso a la chava que te gusta, o como cuando estás en la secu y tu boleta no tiene ni un solo rojo ese mes, o como cuando... ya me entendiste; eso es lo que imaginaba mientras llegaba al kilómetro treinta y cinco. No me dio pared, pero sí me desconcentré y me dieron ganas de ir al baño. No sé si tomé demasiada agua, pero los siguientes dos kilómetros no pude hacer otra cosa que no fuera encontrar un baño y después de detenerme medio minuto ya nada fue igual.

Me recriminé no haber tenido la disciplina de aguantarme unos pasos más, llegar a la meta y no cambiar mi ritmo, no detenerme. Me costó mucho poner mis piernas en movimiento hasta que por fin reaccionaron y alcancé, casi, la velocidad que traía hasta antes de parar.

A lo lejos alcancé a ver el parque donde terminaba la carrera y sentí alivio, aún podía mejorar mi tiempo pero tenía que apretar el paso, estaba corriendo en la orilla entre lograrlo y no.

Entonces, aquí quiero contar esto como lo haría el mismo Armando.

Como cuando te acuerdas que una vez en el Maratón de Torreón me encontraste y me dijiste:
- ¡Tato! ¡Tato! ¿Cómo te sientes? Vas muy bien, te faltan dos kilómetros, ya no te voy a soltar, te voy a llevar hasta la meta.

No mames, Superman no me vio porque traía lentes, pero chillé, tantito, pues. Me dio mucho gusto que mi amigo pudiera acompañarme, después sufrí un poco porque el parque no terminaba, lo rodeábamos y en cada esquina que doblábamos, Armando me prometía que era la última, pero no. Discutimos un poco porque yo ya estaba hasta la madre y él no quería verme caer a tan pocos metros del final.

- ¡No quiero que veas tu reloj! ¡Mira al frente!
- ¿Cuánto falta? Ya no puedo. - Le dije balbuceando.
- ¡No importa! ¡Piensa en todos los que te acompañaron en tus entrenamientos, ellos también hicieron un esfuerzo para que tú estés aquí! ¡Se los debes!

Y entonces, sucedió (como diría Kevin Arnold). Recordé las distancias, las desmañanadas, las piedras en los riñones, la Alameda de Toluca y los últimos domingos en Reforma. No puedo decir que corrí como nunca porque mentiría, pero me alcanzó para llegar a la meta y alzar los brazos, suficiente.



Como premio, el papá de Xó nos hizo una carne asada, con sus amigos laguneros y que en algún momento convertimos en una borrachera criminal que al día siguiente nos tenía noqueados a casi todos.



El récord, pues, me quedé arriba por veintiseis segundos, lo cual me tiene ardido y encabronado porque no debí detenerme y no me lo voy a perdonar hasta que pueda mejorarlo, ya tendré mi revancha en unos meses si los dioses del maratón así lo quieren.

Mientras, en un par de semanas, a saldar una cuenta (espero) que dejé pendiente en Cozumel hace un par de años.

No me decidía por cuál versión de video dejar. Me gusta mucho la original, que está dando click aquí, pero ganó esta otra en vivo.

Gustavo Cerati
"Crimen"

miércoles, 2 de marzo de 2016

A DARLE

La primera vez que alguien a quien yo conociera corría un maratón, fue cuando mi papá hizo el de Torreón en 2008. Recuerdo haber pensado que su preparación era demasiado. Lo vi entrenar casi sin descanso durante quién sabe cuántos meses. No dejaba de sorprenderme la disciplina que veía en él para cumplir con su entrenamiento incluso los fines de semana. Sí, fue un evento que, de alguna manera, también me marcó para empezar a correr con un poco más de formalidad de lo que requería hacerlo atrás de un balón. Cuando regresó y nos contó su experiencia imaginé que tal vez algún día yo podría hacer uno.

Desde aquel día tengo esa inquietud, correr el maratón Lala. No sé si fue mi amiga Xó quien me animó a correrlo este año o yo a ella, pero quedamos que así sería. Yo, acepto, sin ser consciente de que la mitad del programa de entrenamiento la estaríamos cumpliendo en Diciembre con todo lo que eso implica. Aún así, el plan tuvo que cambiar un poco. Apenas en la primera semana tuve, otra vez, un episodio de piedras en los riñones que me tuvo fuera de circulación durante casi todo el mes. En Enero todo fue diferente y pude volver a entrenar para hacer mis "distancias".

Hay una parte en la preparación de un maratón, de la mitad en adelante, que consiste en hacer estas "distancias" de más de 30 kilómetros cada quince días. Esta etapa es la más complicada. En ese momento, uno lleva cerca de tres meses corriendo y el agotamiento mental empieza a provocar estragos en el ánimo. Con nuestra bandita corredora, nos organizamos para hacer juntos esas distancias y no dejarnos rendir cuando la voluntad o las fuerzas hicieran falta.

Hicimos treinta en Toluca; treinta y cuatro en el ciclotón de enero; y, en una de las más grandes locuras que haya cometido, no han sido pocas, corrí treinta y dos kilómetros como hámster en la pista de los Viveros de Coyoacán (2 km de longitud), poniendo en serios aprietos mi salud mental.

En fin, estoy emocionado con esta carrera. Ha sido increíble prepararlo junto a Xó, Roger y Armando que esta vez no podrá hacerlo, pero en Berlín va a parecer una bala de talento corredor. Gracias a Inki, Charro Negro, Volador, Suset, Ari, Tania, Bren, Becca, Ale, Juamps, Sofi, Neidy, Tania y Carlos por acompañarnos estos meses.

A darle.
#SomosGuerreros
#SomosÚnicos

Muse
"Invincible"










sábado, 19 de septiembre de 2015

85+30

Ese día desayunaba con mi hermana en el comedor de la casa. Nos habíamos mudado dos semanas antes, después de haber viajado durante casi un año desde Tultitlán hasta el Pedregal todas las mañanas para ir al kinder. Esa es otra historia que no voy a contar hoy.

Mi mamá nos acompañaba en el desayuno y mi papá se preparaba para llevarnos a la escuela. Cuando empezó todo, los dos pensaron que se trataba de una broma del otro.

- No te hagas el chistoso, deja de mover ese mueble. - Reclamaba mi mamá hasta que se dio cuenta que al mueble con las botellas que chocaban unas con otras no lo movía nadie.

Tati y yo estábamos sentados en una mesa redonda de madera que hacía un pequeño rechinido con el temblor. Yo trataba de llevarme la cuchara a la boca desde un plato de frijoles en caldo con garabatos de crema. Dije trataba porque todo se movía y no podía dejar mi cubierto en el plato. El ruido de las ventanas golpeando era cada vez más fuerte pero un temblor era algo que yo no había vivido, ni siquiera sabía lo que era, así que intenté terminar mi desayuno.

Después de recibir tremendo regaño de mi mamá por no levantarme de la mesa, me abracé a ella y su panza de 9 meses que traía a mi hermano Axel dentro y que nacería justo 15 días después. Mi papá cargó a mi hermana y tras una intensa, aunque veloz, discusión para decidir bajo qué marco nos colocaríamos, nos abrazamos los cuatro (cinco) y nos pusimos a rezar.

La roca volcánica sobre la que está ese edificio crujía con cada ir y venir del terremoto.   Hoy, parándome en el mismo punto en el que nos refugiamos, no alcanzo a ver lo que veía ese día.

Una de mis tías vivía en un edificio en la calle Antonio M. Anza, frente al multifamiliar Benito Juárez, en la colonia Roma. Cada fin de semana, las reuniones de mi familia paterna eran ahí y cuando nos íbamos, lo hacíamos por la calle de Orizaba que se volvía un paso a desnivel debajo de algunos edificios del conjunto, uno de los caminos más bonitos por los que he andado y que el 19 de septiembre de 1985 dejó de existir.





Cuando el terremoto terminó, mi papá llamó a su hermana para preguntarle cómo estaban. Ella le respondió que estaban bien pero que había mucha neblina y no se veía el multifamiliar Juárez. Minutos después se enteraría de que se trataba del polvo provocado por el derrumbe de los edificios.

En aquel entonces no tuve mucho contacto con todo lo que generó el terremoto. Probablemente ayudó que mi hermano naciera en esos días y que él y mi mamá tuvieran que estar en la casa. De cualquier manera, las veces que salimos, mis papás tuvieron el cuidado de no tomar rutas donde hubiera demasiados edificios derrumbados aunque tengo el recuerdo de ver a mucha gente haciendo campamento durante años en San Lázaro.

Hasta la prepa, después de leer Nada, Nadie de Elena Poniatowska fue que entendí, más o menos, la magnitud de lo que había sucedido diez años antes. Veinte años después, conocí la historia de Adriana, una amiga que junto a su madre, perdió absolutamente todo lo que tenía en Tlatelolco.

Aún así, con tantas historias tan fuertes, hay gente que sigue sin tomar con seriedad los simulacros, las medidas de seguridad, la experiencia de las personas que lo vivieron, que se atreve a decir "no pasa nada".

Algo nos sigue faltando a muchos de nosotros. En mi familia, por ejemplo, no tenemos un plan de dónde encontrarnos o qué acciones tomar en caso de una emergencia. Ingrid y yo hemos platicado sobre tener una mochila lista con documentos, medicinas, agua y dinero para cada uno pero hasta ahí hemos llegado, no pasamos de las palabras al hecho.

Es cierto que va a seguir temblando en esta ciudad y que un día, que no sabemos cuándo será, va a venir otro gran terremoto. Ojalá nos podamos tomar las cosas más serias y hagamos un plan con los que son más cercanos a nosotros, desde el trabajo hasta la casa.

Rockdrigo González
"Máquina del Tiempo"