viernes, 8 de abril de 2016

LALA 2016

Antes de que pase más tiempo, de que acumule más pendientes, sume más minutos de insomnio unas veces improductivo y otras también, aquí está mi Maratón Lala 2016.

Me sentía tranquilo una noche antes, tanto, que no me llevó más de algunos minutos quedarme dormido profundamente a pesar de una pequeña reunión en la calle que, pensando que no me dejaría dormir, tenía muy inquieta a Ingrid. Nada, dormí de corrido casi seis horas.

A las cinco de la mañana nos despertamos todos, Don Armando nos saludó y comenzó a alistarse para salir a tiempo ya que él participaría como escolta del maratón en su motocicleta. Más o menos sin prisas estuvimos a tiempo, nos subimos a la camioneta y llegamos al punto donde sería la salida de la carrera que es en una zona industrial a un costado de la planta de Lala. Nos tomamos fotos con nuestra porra, nos abrazamos y, Xó, Roger y yo, nos separamos de ellos para entrar a los corrales.



Aunque preparé más o menos bien este maratón, tenía muchas dudas sobre cómo iba a responder mi cuerpo al clima que estaba pronosticado para ese día. Al momento de la salida se sentía frío pero no tardaba en amanecer y con eso, aparecer el calor que nos habían prometido. Salimos juntos los tres y así nos mantuvimos los primeros dos kilómetros hasta que saludamos a los muchachos por primera vez.

Salimos hacia Lerdo, una de las ciudades que conforman La Comarca. Cada kilómetro, desde el inicio, me iba monitoreando para confirmar que estuviera corriendo al ritmo que había planeado. Una semana antes, platiqué con unos de mis entrenadores, Edgar, y pensamos que podía bajarle un poco a lo que había hecho hace unos meses en Chicago. Sin presionarme, lo estaba haciendo mientras disfrutaba de la gente y sus gritos. 

Además de correr, lo que más me gusta de una carrera es chocar mi mano con la de las personas en el público y aquí había muchas manos estiradas que se encontraron con la mía durante toda la carrera, ese momento de impacto palma con palma es pura energía.

Casi llegando a Lerdo, venía todavía muy concentrado en mis pasos hasta que un grito con mi nombre me despertó y vi a George que venía volando de regreso.

- ¡Venga, cabrón! - nos gritamos al mismo tiempo y seguimos con nuestros caminos.

En ese punto había una tarima con unas chavas haciendo zumba, con unos escotes espectacularmente pronunciados y que ponían unas ganas en su rutina que todos comentamos al final, para mí, la porra ganadora en el concurso que hacen los organizadores al mejor grupo de apoyo de todo el evento. Ahí se estrechaba mucho el recorrido, corrimos por una calle que estaba llena de gente en sus dos costados y que remataba con la plaza de la ciudad, la ruta la rodeaba y salíamos de regreso a Gómez Palacio. 

Creo que ese fue el último momento en el que más o menos vi un árbol que diera sombra. A partir de entonces corrí con el Sol de frente o de costado casi todo el tiempo. Entonces recordé que no me había puesto bloqueador y que no quise usar gorra.

Para el kilómetro quince, o algo así, después de saludar a Ingrid, Becca, Rodrigo y Armando, pasamos por el puente que cruza el río. Una estructura de acero por la que imagino que alguna vez pasó el tren y que me llamó mucho la atención desde el día que llegamos y pasamos por ahí.

Está chingón correr en otras ciudades, el ambiente, los gritos y en este caso, el acento, lo hacen todo distinto.

- ¡Ya se hizo! ¡Ya se hizo la mashaca!
- ¡Shíngale que ahí viene tu suegra!
- ¡Otro poco y llegan a las sheves!

Mucha gente todo el recorrido, todo el tiempo. La ruta pasa por colonias fresas y rockeras, pero en todas ellas, las personas salían con buena vibra, vaselina, bolsas de agua, hielos, miel y coca fría con gas.

Conforme fui avanzando y acercándome al final me encontré con que traía paso para romper mi récord por ocho minutos, nada mal. Además me sentía fuerte y entero. El calor lo estaba controlando con chorros de agua en la cabeza después de tomar un poco cada dos kilómetros.

Empecé a soñar con ese tiempo, romper tu marca así debe sentirse como la primera vez que metes un gol de cabeza, o como cuando tienes diecisiete años y te animas a darle un beso a la chava que te gusta, o como cuando estás en la secu y tu boleta no tiene ni un solo rojo ese mes, o como cuando... ya me entendiste; eso es lo que imaginaba mientras llegaba al kilómetro treinta y cinco. No me dio pared, pero sí me desconcentré y me dieron ganas de ir al baño. No sé si tomé demasiada agua, pero los siguientes dos kilómetros no pude hacer otra cosa que no fuera encontrar un baño y después de detenerme medio minuto ya nada fue igual.

Me recriminé no haber tenido la disciplina de aguantarme unos pasos más, llegar a la meta y no cambiar mi ritmo, no detenerme. Me costó mucho poner mis piernas en movimiento hasta que por fin reaccionaron y alcancé, casi, la velocidad que traía hasta antes de parar.

A lo lejos alcancé a ver el parque donde terminaba la carrera y sentí alivio, aún podía mejorar mi tiempo pero tenía que apretar el paso, estaba corriendo en la orilla entre lograrlo y no.

Entonces, aquí quiero contar esto como lo haría el mismo Armando.

Como cuando te acuerdas que una vez en el Maratón de Torreón me encontraste y me dijiste:
- ¡Tato! ¡Tato! ¿Cómo te sientes? Vas muy bien, te faltan dos kilómetros, ya no te voy a soltar, te voy a llevar hasta la meta.

No mames, Superman no me vio porque traía lentes, pero chillé, tantito, pues. Me dio mucho gusto que mi amigo pudiera acompañarme, después sufrí un poco porque el parque no terminaba, lo rodeábamos y en cada esquina que doblábamos, Armando me prometía que era la última, pero no. Discutimos un poco porque yo ya estaba hasta la madre y él no quería verme caer a tan pocos metros del final.

- ¡No quiero que veas tu reloj! ¡Mira al frente!
- ¿Cuánto falta? Ya no puedo. - Le dije balbuceando.
- ¡No importa! ¡Piensa en todos los que te acompañaron en tus entrenamientos, ellos también hicieron un esfuerzo para que tú estés aquí! ¡Se los debes!

Y entonces, sucedió (como diría Kevin Arnold). Recordé las distancias, las desmañanadas, las piedras en los riñones, la Alameda de Toluca y los últimos domingos en Reforma. No puedo decir que corrí como nunca porque mentiría, pero me alcanzó para llegar a la meta y alzar los brazos, suficiente.



Como premio, el papá de Xó nos hizo una carne asada, con sus amigos laguneros y que en algún momento convertimos en una borrachera criminal que al día siguiente nos tenía noqueados a casi todos.



El récord, pues, me quedé arriba por veintiseis segundos, lo cual me tiene ardido y encabronado porque no debí detenerme y no me lo voy a perdonar hasta que pueda mejorarlo, ya tendré mi revancha en unos meses si los dioses del maratón así lo quieren.

Mientras, en un par de semanas, a saldar una cuenta (espero) que dejé pendiente en Cozumel hace un par de años.

No me decidía por cuál versión de video dejar. Me gusta mucho la original, que está dando click aquí, pero ganó esta otra en vivo.

Gustavo Cerati
"Crimen"

miércoles, 9 de marzo de 2016

LA COMARCA


Como la mayoría de las veces, hice mi maleta apenas un día antes. No es que esté bien o mal, así preparo mis cosas con la idea de que si necesito usar algo antes, no tenga que desordenar y regresar todo a la maleta más de una vez. Teníamos que estar a las cinco de la mañana en el aeropuerto así que, terminando de empacar una hora después de la media noche, programé la alarma del celular a las cuatro; las cuatro y cuatro; y, para asegurar, las cuatro y ocho tratando de no darme margen para quedarme dormido integrando el sonido del despertador a mis sueños como ya me ha pasado.

Puntuales, Ingrid y yo nos encontramos con Xó y Rodrigo que nos contaba anécdotas de su vida en Chihuahua y Torreón mientras esperábamos abordar el avión que nos llevaría a La Comarca. Algo de lo que más me gusta de volar, es ver la topografía de los lugares por donde vamos pasando; el trazo de los pueblos y ciudades; las carreteras; los tonos en los cuerpos de agua y las parcelas de siembra; las montañas y las nubes.

El papá de Xó no solo tuvo la amabilidad de recibirnos en su casa, sino también de recogernos en el aeropuerto y llevarnos a comer gorditas de harina que, previo al vuelo, Rodrigo ya se había encargado de generar suficiente expectativa en mí como para no dudar en que serían lo primero que comería llegando. Después de manejar media hora rodeando una pequeña cordillera de minas de cantera, llegamos a un lugar a la orilla de la carretera donde había algunas mesas al aire libre en un extremo y una parrilla con cinco mujeres que atendían el negocio repartiéndose las actividades. Haciendo masa de harina (de trigo) y maíz, unas; preparando gorditas, otras; y, una más que se encargaba de ver que las comandas se hicieran y se entregaran en cada mesa. Además del murmullo de las mesas, el ambiente lo completaba un cantante de corridos norteños que se acompañaba de una guitarra vieja con un rótulo de alacrán que decía "El Venado Norteño".

Don Armando, el papá de Xó, anotó nuestro pedido y lo llevó para que nos sirvieran la primera tanda. Hice caso de la recomendación de los expertos y pedí primero una de moronga y otra de prensado que es algo parecido al chicharrón prensado de la Ciudad de México pero sin tanta grasa ni el color rojo con el que yo lo conozco, espectacular. Seguí dejándome llevar por las sugerencias de nuestros anfitriones y comí una (tal vez fueron dos) de algo parecido al guisado de chicharrón en salsa verde pero que allá conocen como cuero, no menos fantástico que el primero. Terminé con una maravilla de discada que debe su nombre a que se prepara en discos de arado deformados para usarse como si fuera un sartén.

Ya con la barriga llena y el corazón contento, fuimos a la Feria de Torreón donde estaban entregando los paquetes para el maratón. La organización fue muy buena, ayudó que era viernes y que no eran más de las doce del día. En la exposición pasaban más o menos las mismas cosas que suceden en la del DF (¿todavía se le puede llamar así?), pero a menor escala. Una tienda de la marca deportiva que patrocina la carrera en la entrada, un muro dónde escribir por qué o por quién corre uno el maratón, un espacio para tomarse la foto con algún elemento alusivo a otro de los patrocinadores, una manta con el nombre de cada uno de los inscritos al maratón; como sea, yo estaba enganchado con todo eso porque puede que sea lo mismo en cada carrera, pero no es igual, en serio, así como slogan de banco.

Comimos y nos fuimos a descansar. Llegando a la casa nos encontramos con Rosita, nuestra anfitriona también, que casi iba de salida y fue hasta el día siguiente que pudimos platicar y conocernos un poco. El desgaste del viaje nos mandó más o menos temprano a dormir. La Mushasha y yo quedamos en despertarnos no antes de las diez de la mañana para a esa hora salir a correr cinco kilómetros máximo y sentir un poco las condiciones de clima que íbamos a tener un día después. Así lo hicimos mientras Armando, Becca y Roger llegaban también a La Laguna. Casi al mismo tiempo, llegaron nuestros amigos y Marce, una querida amiga que lleva algún tiempo trabajando para el Museo Arocena en Torreón y que desde el momento que supo que estaríamos allá, se ofreció a darnos un paseo por el centro. Grandes anfitriones que tuvimos en este viaje.

De camino al museo, nos contó de cómo se fundó la ciudad a principios del siglo pasado a partir del desvío de la ruta del tren que originalmente pasaría por Lerdo y cuyos habitantes no quisieron cerca, lo cuál trajo un mayor desarrollo y crecimiento a la ranchería donde ahora se ubica Torreón, que junto a Lerdo y Gómez Palacio, principalmente, forman La Comarca Lagunera. Tres ciudades, dos estados y un corazón. ¡Ámonos! 

Conocimos su museo que cuenta con exhibiciones permanentes, muy bien montadas, de arte virreinal, europeo y de historia de México. Ocupa la antigua casa de la Familia Arocena y lo que alguna vez fue el Banco Chino donde a principios de la Revolución Mexicana, fueron asesinados cientos de inmigrantes de ese país. Los edificios están bien conservados y se trató de mantener el sistema constructivo original. Ahí nos encontramos con María y Maricela también.

Por la tarde regresamos a una cena que organizaron para los participantes del maratón. Mientras hablábamos, veíamos que pasaban volando muchas parvadas de diferentes tipos de aves conforme iba acercándose la noche. Rodrigo me contaba que le recordaba a las tardes de su infancia cuando veía en Chihuahua el mismo espectáculo que nos tocaba en ese momento. Yo le platicaba también que me había acordado de los días en los que en la Ciudad de México, había golondrinas antes de que cayera lluvia, de las luciérnagas y del charquito que había cerca de mi casa cuando era niño, que a mi me parecía un lago y donde jugaba a tirar piedras de pato.

El maratón, ¿qué? De ese, luego les cuento.

Caifanes
"Viento"

miércoles, 2 de marzo de 2016

A DARLE

La primera vez que alguien a quien yo conociera corría un maratón, fue cuando mi papá hizo el de Torreón en 2008. Recuerdo haber pensado que su preparación era demasiado. Lo vi entrenar casi sin descanso durante quién sabe cuántos meses. No dejaba de sorprenderme la disciplina que veía en él para cumplir con su entrenamiento incluso los fines de semana. Sí, fue un evento que, de alguna manera, también me marcó para empezar a correr con un poco más de formalidad de lo que requería hacerlo atrás de un balón. Cuando regresó y nos contó su experiencia imaginé que tal vez algún día yo podría hacer uno.

Desde aquel día tengo esa inquietud, correr el maratón Lala. No sé si fue mi amiga Xó quien me animó a correrlo este año o yo a ella, pero quedamos que así sería. Yo, acepto, sin ser consciente de que la mitad del programa de entrenamiento la estaríamos cumpliendo en Diciembre con todo lo que eso implica. Aún así, el plan tuvo que cambiar un poco. Apenas en la primera semana tuve, otra vez, un episodio de piedras en los riñones que me tuvo fuera de circulación durante casi todo el mes. En Enero todo fue diferente y pude volver a entrenar para hacer mis "distancias".

Hay una parte en la preparación de un maratón, de la mitad en adelante, que consiste en hacer estas "distancias" de más de 30 kilómetros cada quince días. Esta etapa es la más complicada. En ese momento, uno lleva cerca de tres meses corriendo y el agotamiento mental empieza a provocar estragos en el ánimo. Con nuestra bandita corredora, nos organizamos para hacer juntos esas distancias y no dejarnos rendir cuando la voluntad o las fuerzas hicieran falta.

Hicimos treinta en Toluca; treinta y cuatro en el ciclotón de enero; y, en una de las más grandes locuras que haya cometido, no han sido pocas, corrí treinta y dos kilómetros como hámster en la pista de los Viveros de Coyoacán (2 km de longitud), poniendo en serios aprietos mi salud mental.

En fin, estoy emocionado con esta carrera. Ha sido increíble prepararlo junto a Xó, Roger y Armando que esta vez no podrá hacerlo, pero en Berlín va a parecer una bala de talento corredor. Gracias a Inki, Charro Negro, Volador, Suset, Ari, Tania, Bren, Becca, Ale, Juamps, Sofi, Neidy, Tania y Carlos por acompañarnos estos meses.

A darle.
#SomosGuerreros
#SomosÚnicos

Muse
"Invincible"










martes, 27 de octubre de 2015

NO TE DETENGAS

Dormí poco pero dormí bien. Estoy tranquilo, no pude entrenar como había planeado y está bien, voy a disfrutar la carrera sin presionarme por el tiempo. Le pedí a mi hermano que me hiciera el diseño de la playera que voy a usar, que incluyera los nombres de mi familia y el de mis atletas favoritos que siempre son ejemplo para mi.




Son las 5.45 am y caminamos 10 minutos para tomar el tren que nos dejará en el centro. Igual que en CdMx, la mayoría somos corredores y los vagones van llenos, por lo mismo, en cada estación tardamos en arrancar de nuevo y empiezo a ponerme nervioso por la posibilidad de que se haga tan tarde que no alcance a llegar a tiempo para la salida. Prieto está nervioso también, me manda mensajes y me pregunta si estoy cerca para irnos juntos con Ale y Euri como quedamos un día antes. Al fin llegamos.

- ¡Una foto los cuatro juntos! -
- ¡Ahora con ésta cámara! -
- ¡Volteen para acá! -




Beso a Ingrid, abrazo también. Te amo, yo también. Vámonos ya. Estamos a dos cuadras de la línea de salida pero ya son las 6.45 am y no dejarán entrar a nadie después de las 7.20 am. Hay mucha gente, por favor, que lleguemos a tiempo a nuestro corral. Lo logramos, a pesar de la multitud, todo fluye y está organizado perfectamente. Estamos listos, 7.10 am.

Estamos nerviosos, tenemos frío pero sabemos que al rato hará calor y humedad. Muchos traen playeras, chamarras y sudaderas que se irán quitando en el camino y que alguien recogerá para dársela a gente que vive en la calle. Vamos a tomarnos una foto antes de salir. Una mujer canta el himno de Estados Unidos en el micrófono, hay mucha gente muy emocionada, entre ellos, nosotros. Aplaudimos y empezamos a avanzar con el contingente maratonista. Siento la piel erizada, estoy llorando. Soñé varias veces con este día, durante mucho tiempo parecía que no iba a estar listo pero sí. Solo quiero terminar sin lesiones.

- Berna, me voy contigo.-

Me tranquiliza oir a Prieto decirme eso.

- Vamos a irnos con calma, a disfrutar el recorrido sin volvernos locos.- Es nuestra estrategia.

Es cierto, estamos de vacaciones. Me siento bien en este ritmo. Choco mi mano con la de los niños. Vamos leyendo los carteles de la gente mientras platicamos de cómo le fue en Paris, de cómo nos lesionamos los dos, de nuestros planes, de todo. Él va poniendo el ritmo, yo me acelero con los choques de mano pero Carlos me regresa. Estoy cómodo, es mucho mejor corredor que yo y sé que me va cuidando. Ahí están las chicas. El ánimo para arriba. Las saludamos y nos vamos recargados. Más plática. Vamos paseando. Estamos bien.



Me siento fuerte y aprieto el paso. ¿Qué tanto puedo aguantar este ritmo? Puedo ir más rápido. ¿Qué tan rápido? No quiero pararme. Me he detenido muchas veces en los dos maratones que he hecho hasta ahora, muchas veces. Una de mis metas es no hacerlo hoy. Bajo mi ritmo. Ahí están de nuevo las muchachas. Otra vez el ánimo para arriba. Me siento muy bien. Medio Maratón.

Si sigo así, puedo hacer menos de cuatro horas. No sueñes. Estoy fuerte. Tranquilo. Puedo hacerlo. Mantengo el paso y dejo de ver la ruta. Me concentro en abrir mi compás, en marcar mi brazada, mantener mi respiración y ritmo cardiaco. 

Ya no soporto el calor. El sol está en mi espalda y siento que me quema las piernas. No debí correr con mallas, la tela negra se está calentando demasiado y no las aguanto ya. Es la última parte. Nunca he corrido más de 35 km sin detenerme. Mi último gel. Más Gatorade. Más agua. No te detengas.

Calambre abajo de nalga izquierda. No te detengas. Arrastro mi paso y clavo mi mano en en la pierna para matarlo. Me amenaza con volver durante 2 km. Invoco a los nombres de mi playera. Lloro. Veo mi Garmin. Aún puedo pegarle abajo de las cuatro horas. Sueño.

Recta infinita. Ya no hay sombra. No sé qué hago aquí. Quiero parar.

- ¡No te detengas, cabrón! - Me recrimino por pensarlo.

¿Cuánto falta? No te detengas. Resiste 2 km más, es una vuelta a Ámsterdam, lo has hecho muchas veces hasta caminando. Sí, quiero caminar. No te detengas.

- ¡Hey! ¡Berna!




Ahí están de nuevo. Hola. ¿Esas caras de susto serán por cómo me veo? No puedo más. Última milla. Que no me la dé. 

- ¡Tato! ¡Tato! Aquí está tu bandera.-
- No la voy a aguantar, no puedo llevarla. - Respondo mientras siento que si la cargo, el esfuerzo me va a hacer vomitar.

Dice que me quiere y que me ve en la meta. No estoy tan seguro de poder llegar hasta ese lugar. Sigo corriendo por inercia. 200 m finales, vuelta a la derecha. Una montaña. Corredores en el suelo, en sillas de ruedas, paramédicos. Pienso que estoy a unos segundos de estar como ellos. No te detengas. Terminando esa subida, habrá una bajada. Nada. Vuelta a la izquierda. Quiero cerrar pero las piernas no dan más que para mantener el paso.

Lloro de nuevo. Alzo los brazos. Cierro los ojos. Respiro.




Mi primer maratón sin detenerme.

Qué día más increíble.

Como cuando en los 90's, al inicio de las transmisiones de los partidos de los Pumas por Imevisión, el maratón de Chicago empezó con esta gran rola.

Van Halen
"Right Now"

martes, 6 de octubre de 2015

DESDE LA BANCA

Después del Maratón CdMx del año pasado me había tomado algunos días de descanso que se convirtieron en semanas que, sin darme cuenta, se volvieron meses hasta llegar al 2015.

Me había metido en la cabeza la idea de correr algún Major este año así que apliqué para Chicago y NYC después de tener mi primer decepción cuando no salí en la lotería para Berlín.

En alguno de esos días de principio de año fue que me lastimé jugando fútbol. Como siempre, pensando que soy invencible, no me cuidé y se agravó la rodilla en la cancha del Deportivo Avierto en un partido que debimos ganar (sí, cómo no) pero perdimos 1-9... ja.

Desde la banca tuve que ver pasar a mis compañeros del Run And Run cada fin de semana en cada carrera a la que acompañaba a Ingrid. Aunque siempre me emociono cuando veo a mis compañeros y amigos del equipo, no era lo mismo estar esperando a que pasaran para animarlos que poder correr junto a ellos. La participación para el maratón de la Ciudad de Mexico la veía cada día más lejos hasta que un día la dejé ir de mi corazón y decidí que mejor me concentraría en recuperarme para poder hacer el maratón del próximo 11 de Octubre.

Empecé a hacer terapia con unas fisios que son unas campeonas, Lau y Vale; dieta con Ari para bajar los 12 kilos que gané en mi flojera obligada; revisiones con el Dr. Saya y Héctor Martínez que terminaron de dejarme listo para regresar a correr hace tres meses. Gracias.

Que ya sea domingo 11 de Octubre de 2015, ya estuvo bueno de soñar con ese maratón. 

Hace rato mi papá, el verdadero IronBerna, me posteó esta canción en mi fake book para animarme rumbo a la carrera.

Chicago
"25 or 6 to 4"

sábado, 19 de septiembre de 2015

85+30

Ese día desayunaba con mi hermana en el comedor de la casa. Nos habíamos mudado dos semanas antes, después de haber viajado durante casi un año desde Tultitlán hasta el Pedregal todas las mañanas para ir al kinder. Esa es otra historia que no voy a contar hoy.

Mi mamá nos acompañaba en el desayuno y mi papá se preparaba para llevarnos a la escuela. Cuando empezó todo, los dos pensaron que se trataba de una broma del otro.

- No te hagas el chistoso, deja de mover ese mueble. - Reclamaba mi mamá hasta que se dio cuenta que al mueble con las botellas que chocaban unas con otras no lo movía nadie.

Tati y yo estábamos sentados en una mesa redonda de madera que hacía un pequeño rechinido con el temblor. Yo trataba de llevarme la cuchara a la boca desde un plato de frijoles en caldo con garabatos de crema. Dije trataba porque todo se movía y no podía dejar mi cubierto en el plato. El ruido de las ventanas golpeando era cada vez más fuerte pero un temblor era algo que yo no había vivido, ni siquiera sabía lo que era, así que intenté terminar mi desayuno.

Después de recibir tremendo regaño de mi mamá por no levantarme de la mesa, me abracé a ella y su panza de 9 meses que traía a mi hermano Axel dentro y que nacería justo 15 días después. Mi papá cargó a mi hermana y tras una intensa, aunque veloz, discusión para decidir bajo qué marco nos colocaríamos, nos abrazamos los cuatro (cinco) y nos pusimos a rezar.

La roca volcánica sobre la que está ese edificio crujía con cada ir y venir del terremoto.   Hoy, parándome en el mismo punto en el que nos refugiamos, no alcanzo a ver lo que veía ese día.

Una de mis tías vivía en un edificio en la calle Antonio M. Anza, frente al multifamiliar Benito Juárez, en la colonia Roma. Cada fin de semana, las reuniones de mi familia paterna eran ahí y cuando nos íbamos, lo hacíamos por la calle de Orizaba que se volvía un paso a desnivel debajo de algunos edificios del conjunto, uno de los caminos más bonitos por los que he andado y que el 19 de septiembre de 1985 dejó de existir.





Cuando el terremoto terminó, mi papá llamó a su hermana para preguntarle cómo estaban. Ella le respondió que estaban bien pero que había mucha neblina y no se veía el multifamiliar Juárez. Minutos después se enteraría de que se trataba del polvo provocado por el derrumbe de los edificios.

En aquel entonces no tuve mucho contacto con todo lo que generó el terremoto. Probablemente ayudó que mi hermano naciera en esos días y que él y mi mamá tuvieran que estar en la casa. De cualquier manera, las veces que salimos, mis papás tuvieron el cuidado de no tomar rutas donde hubiera demasiados edificios derrumbados aunque tengo el recuerdo de ver a mucha gente haciendo campamento durante años en San Lázaro.

Hasta la prepa, después de leer Nada, Nadie de Elena Poniatowska fue que entendí, más o menos, la magnitud de lo que había sucedido diez años antes. Veinte años después, conocí la historia de Adriana, una amiga que junto a su madre, perdió absolutamente todo lo que tenía en Tlatelolco.

Aún así, con tantas historias tan fuertes, hay gente que sigue sin tomar con seriedad los simulacros, las medidas de seguridad, la experiencia de las personas que lo vivieron, que se atreve a decir "no pasa nada".

Algo nos sigue faltando a muchos de nosotros. En mi familia, por ejemplo, no tenemos un plan de dónde encontrarnos o qué acciones tomar en caso de una emergencia. Ingrid y yo hemos platicado sobre tener una mochila lista con documentos, medicinas, agua y dinero para cada uno pero hasta ahí hemos llegado, no pasamos de las palabras al hecho.

Es cierto que va a seguir temblando en esta ciudad y que un día, que no sabemos cuándo será, va a venir otro gran terremoto. Ojalá nos podamos tomar las cosas más serias y hagamos un plan con los que son más cercanos a nosotros, desde el trabajo hasta la casa.

Rockdrigo González
"Máquina del Tiempo"

jueves, 25 de septiembre de 2014

SIEMPRE SE PUEDE

MATEO.

Conocí a Mateo hace no tanto tiempo.   He visto cómo lo han disfrutado sus papás desde que lo estaban esperando y cuánto lo han querido siempre.   Como a todos, me sorprendió y dolió la noticia de su enfermedad a principios de año, lo menos que uno quisiera es que los niños pasen por cosas así.   A pesar de los difíciles momentos por los que ha pasado su familia, algunas cosas buenas han surgido.   Se ha formado una comunidad entorno a él donde, empezando por los ánimos y buenos deseos, se ha buscado la manera de ayudarlos y estar con ellos para salir adelante juntos.

Su recuperación dio un gran paso ayer.   Yo digo, porque así lo siento, que es ya el definitivo.   Haciendo una crónica, empezó con el diagnóstico en enero y fue seguido inmediatamente con las quimioterapias.   Aún cuando la mejoría en cada análisis era evidente, los doctores indicaron que era necesario un transplante.   Después de más estudios, el mejor candidato para esa donación resultó ser mi amigo Armando, su papá.   No sé, porque no los tengo, qué siente uno cuando tiene a un hijo enfermo.   Afortunadamente todos los papás que conozco, empezando por los míos, siempre han dado absolutamente todo para que sus hijos estén bien.   Bueno, para las aseguradoras esto no existe.   Como Armando era un donador voluntario, la operación para salvarle la vida a su hijo no estaba cubierta en su póliza.   Lo más importante, es que Mateo y Armando han ido para adelante con su salud y están muy bien hoy.   

A partir de entonces, todos empezamos a pensar de qué manera podríamos ayudar.   Muchas actividades se han ido realizando para eso.   Rifas, pulseras, pinturas, comidas y muchas otras grandes ideas que han ido sumando en ayuda.   A mi realmente no se me había ocurrido nada que yo sintiera que pudiera funcionar bien hasta que un día, Gaby Portillo y Cristina, su mamá, me preguntaron por qué no vendía mis kilómetros del maratón.   No me pareció mala idea, pero no sentía que fuera a juntar demasiados donadores.   Gaby, tan corazón de pollo y altruista como siempre, me ayudó a armar el grupo en Facebook y así fue como empezó el Maratón por Mateo.   Fue una sorpresa la manera en que los amigos se interesaron y se anotaron para comprar su kilómetro y apoyar a Mateo.   En tan sólo tres semanas se juntaron 172 donaciones equivalentes a 4 maratones que prometí correr en su nombre pero que, él no lo sabe todavía, pienso proponerle que hagamos mitad y mitad.   Para correr ese día, hicimos una playera con el escudo del equipo con el que entreno en el pecho y el nombre de todos los donadores en la espalda, algunos de los cuáles no habían podido hacer el maratón por inoportunas lesiones.   Para mi, ese maratón lo íbamos a correr todos juntos.

LA CARRERA.

El año pasado me había debutado como maratonista.   Aunque no tenía un equipo con quien entrenar, sí tenía un programa que estaba llevando rigurosamente y me hacía sentir cada vez mejor.   Faltando mes y medio me lesioné, tuve que detener totalmente mi entrenamiento durante cuatro semanas y así llegué a la carrera.   Éste año tenía miedo de que sucediera lo mismo, más porque mi trabajo me tenía ocupado en tiempo y estrés que no me dejaban concentrarme en mi preparación.   Solo faltaban dos semanas para correrla y apareció la temida lesión.   Después del último entrenamiento de distancia no podía caminar, el tobillo derecho me mataba de dolor aunque no estaba hinchado.   Necio como siempre he sido y seré hasta el último de mis días, no por otra cosa sino por mi genética paterna, fui al doctor tres días después.   
- Julio, no aguanto el tobillo.- Y seguimos hablando sobre la lesión de un año antes que él mismo atendió. 
- No sé. No te quiero asustar. La semana pasada vino otro corredor con los mismos síntomas y tenía fractura por estrés. Vamos a sacarte unas placas.-
Me gustaría decirlo de otra manera pero no la encuentro, me cagué.   No podía dejar de correr el maratón.   Tenía la responsabilidad de correr los 42 kilómetros que habían donado y para mi lo más importante, había invitado a Mateo para que entrara conmigo al estadio y correr los últimos metros juntos.
- Tus huesos están bien, tienes un poco inflamado el tendón nada más.   Si quieres correr ese día, vas a tener que parar mínimo ésta semana.-
Así lo hice, la verdad es que no pero casi, y el domingo hice el último entrenamiento con el equipo.
Un día antes de la carrera, Male y Armando nos invitaron a cenar a su casa.   Nos pusimos de acuerdo para el día siguiente y me fui a dormir casi temprano para despertarme al cuarto para las cinco del día siguiente.
El domingo me levanté temprano, y estuve listo desde las 5.00 am.   Cuando Ingrid me llevaba al metro para después verse con mis hermanos y mis papás, una camioneta nos pegó por detrás. Una borracha que se quedó dormida no hizo más que recargarse en nosotros en el alto de Sonora y Puebla.   Por suerte, no hubo nada que arreglar.
De Chapultepec a Hidalgo no fueron más de ocho minutos.   Llegué al punto de reunión del Run and Run Team y empecé a contagiarme con la gran actitud de todos mis compañeros.   Nos abrazamos, nos deseamos suerte y salimos corriendo todos al baño.   Había llovido toda la noche y por un momento pensé en mi amigo César Volador diciendo "mi sueño es que llueva toda la carrera", yo no quería lluvia pero afortunadamente iba disminuyendo de intensidad.   Las últimas semanas de entrenamiento las había hecho con Gris y habíamos decidido correr juntos ese día, las distancias nos habían salido a buen ritmo y nos pareció buena estrategia acompañarnos lo más que se pudiera ese día.   Nos metimos lo más adelante que pudimos en los corrales.   Faltaban 2 o 3 minutos para la salida y la banda de guerra de no sé dónde tocó el himno.   Al mismo tiempo, como si alguien hubiera abierto una llave, comenzó a caer una tormenta.   Parecía una de esas lluvias de las 7.00 pm, agua, viento, frío.   Cuenta regresiva y disparo de salida.   A pesar del clima, mucha gente estaba en la calle con paraguas, bolsas o cartones para taparse un poco y seguir apoyando a los corredores.   Durante los primeros 10 kilómetros, la lluvia estuvo en más o menos la misma intesidad.   María, otra compañera del Run and Run Team, venía haciendo equipo también con nosotros.   Nos decía que íbamos muy rápido y que era mejor bajar de ritmo, así lo hicimos pero yo por dentro empecé a dudar que fuera a terminar igual que nosotros.   Llegamos a la Diana y vi a dos locas con playera verde brincando en una grada, eran mi hermana y mi novia que le avisaban a mis papás y hermano que ya íbamos a pasar frente a ellos.   Ésta vez no fue sorpresa encontrarlos en el recorrido como el año pasado pero igual fue mucha mi emoción por verlos ahí.    
Entramos a Polanco y al llegar a la chingadera esa conocida como Museo Soumaya, empezó a oler muy mal.   Había una fuga de agua de caño que se confundía en un principio con el agua que había quedado encharcada por la lluvia en todos los baches de esa calle.   ¿Qué hicimos? Chingarnos y meter los pies en ella, entre más pronto pasáramos por ahí, mejor.   Regresamos por Mazaryk a Mariano Escobedo y justo antes de entrar a Gandhi vi otra vez a Ingrid que me saludaba y me decía puras cosas chidas.   Corrimos tantito de la mano casi hasta donde estaba mi familia con otro recargón de energía con su apoyo.   Adelante, casi llegando a la mitad de la ruta, justo antes de entrar a Chapultepec, Gris me preguntó cómo iban mis tobillos, no sé si notó que empezaba a hacer cara de "ay wey, me está doliendo más" o no pero le dije la verdad, "más o menos".
Ahí estaba mi amiga Cynthia que me reconoció y gritó mi nombre, le pregunté por su hermano Héctor y me dijo que iba adelante y bien.   Unos metros adelante, María, la misma que yo pensé al principio que no iba a aguantarnos el ritmo, empezó a acelerar el paso y no tardó en perderse adelante de nosotros.   El dolor poco a poco seguía creciendo y vi cómo mi velocidad disminuía.   Salimos del bosque y fue el último momento en el que vi a mi familia antes de llegar al estadio, traté de poner la mejor cara para no preocuparlos pero ahora que veo las fotos, veo que no lo logré, me veía cansado y faltaba mucho todavía.
Bajamos por Reforma hasta dar la vuelta sobre Insurgentes en el 26km.   Ahí tomé mi segundo aire y me sentí fuerte de nuevo, el dolor se quedó atrás y mi condición la sentía bien otra vez.
No me duró mucho el gusto.   Entramos a la Condesa y en la glorieta de Veracruz me estaban esperando Laura Carrillo, Chechey y Chesco con sus hijos y Luis Valente con su novia.   Fue otra vez un envión de poder para mi pero así como me fui para arriba cuando los vi y abracé a Chechey, me fui para abajo unos metros adelante.   El dolor había regresado con más fuerza y sabía que ya no me iba a dejar.
Eso sí, me dio mucha alegría la lona con mi nombre que puso Inki en nuestra ventana y que vi cuando pasé por ahí. Unos metros adelante estaba Janisse saludándome y de pronto mi hermano que había salido de no sé dónde empezaba a correr conmigo.  "Ahí está Fanny también" me avisó y alcancé a decir adiós.
-Te voy a acompañar todo Ámsterdam.- Me dijo muy tranquilo.
Yo, que ya estaba pensando en detenerme y caminar un poco, pensé que no podía hacerlo frente a él así que le di las gracias mientras me grababa con su cel y me decía que yo podía terminar, que si me sentía bien y la verdad, no me acuerdo de mucho más.   A todo le dije que sí pero ahora, en retrospectiva, le mentí... quería mandar todo a volar en ese mismo instante.
Nos despedimos y le dije a Gris que ya no quería seguir deteniendo su ritmo, era evidente que me estaba esperando y yo no iba a mejorar para alcanzarla.   Nos despedimos en Nuevo León y vi como se empezó a alejar a mucho más velocidad de la que traía conmigo.
Julia y Humberto me volvieron a levantar el ánimo adelante, si bien no tenían la torta de tamal que me habían prometido, estaban ahí y chocar mi mano con la de ellos me puso de buenas.
Un poco más adelante estaban Tania, Juan Carlos y Heriberto del equipo.   La cara de susto cuando me vio Tania y luego sus saltos y gritos "¡Venga, flaco! ¡Ya falta menos!" me hicieron el momento y me ayudaron a seguir también.
Busqué a Cristina cuando pasé por Xola pero entre tanta gente no nos encontramos y no pudimos correr juntos los metros que habíamos planeado.   A la que si vi fue a Nelly que estaba regalando plátanos y cuando me vio, me dio uno que le agradecí con un abrazo.
Zulma y Josué que me acompañó abrazado unos metros.   Así me encontré a Pablo Anzorena, Octavio, Alejandra e Iván, Diego, Sara y Carlos, Daniel Duhalt que me decía que traía en su mochila todo lo que yo necesitaba y a Gabriel Mata.
Llegando al Teatro de los Insurgentes empecé a oir gritos junto a mi que no entendía, como en cámara lenta volteé y vi a Esther saltando y sonriendo mientras me decía que me veía muy bien, que faltaba poco, que lo hiciera por Mateo. Al día siguiente me confesó que cuando me vio, no me reconoció de lo mal que me veía pero que cuando se dio cuenta de que era yo, supo que tenía que hacer una fiesta junto a mi para que pudiera llegar a la meta.   Mientras los gritos y saltos de Esther me despertaban, Rodrigo Segura nos gritaba y tomaba muy buenas fotos del momento.   Dos kilómetros estuvo Esther conmigo, casi hasta donde estaba la porra de mi equipo.   Desde varios metros atrás yo veía ondear la bandera amarilla con nuestro escudo azul de Run and Run Team y pensaba "Dios, si en verdad existes y si acaso me estás escuchando, déjame llegar con ellos". Ya sé, suena dramático pero en verdad solo necesitaba chocar mi mano con ellos para animarme de nuevo y poder llegar con algo a la meta.   Mi tiempo ya era una risa, no iba a mejorar lo del año pasado pero tenía que ver a mi amigo Mateo en la meta.
Por fin llegué y ahí estaba Xó hasta adelante que abrió mucho los ojos y gritó mi nombre, yo supuse que no me veía bien porque esa era la cara que ponían los amigos que me iba encontrando.   Como dije, seguí chocando mi mano con todos los runandrunners y un poco más adelante oí otra vez mi nombre.
-¡Berna!- Una chava me veía con ojos de pregunta y decía otra vez mi nombre pero ahora cómo pregunta.
-¿Berna, eres tú?-
No nos conocíamos en persona pero gracias al equipo y al Maratón por Mateo, sabíamos de nuestra existencia.   Sinceramente, no sabía cómo me llamaba en ese momento pero después de oir dos veces mi nombre reaccioné.   Era Diana Sanz que por una lesión no había podido hacer el maratón pero desde el principio se había involucrado con Mateo.
-¡Sí, soy yo!
Adelante estaba mi papá, a quién no esperaba ver ahí y me ayudó a hacer los últimos metros antes de entrar al estacionamiento del estadio.   Cada que veo a mi papá en esas cosas deportivas a las que a veces me acompaña, lloro, de felicidad y orgullo, él me enseñó a correr y es mi ejemplo de deportista desde siempre.
Pensé que no iba a ver a Mateo ya, me había tardado mucho y supuse que el calor que hacía ya en ese momento no iba a dejar que me esperaran.   Entonces oí gritos de nuevo, vi a Male, Armando y Mateo que corrían para alcanzarme más adelante.   Me acerqué, nos abrazamos los adultos, los besé y Mateo, con la mejor sonrisa que he visto en mucho tiempo, me dijo que estaba listo para irnos.
Tomé su carriola y corrí hacia el túnel.   Salió a nuestro paso alguien de seguridad para decirme que no podía entrar con él... Le grité que era mi hijo y lo esquivé para seguir adelante.   Tomó su radio mientras decía "me detienen al cabrón con la carriola".   Seguimos y ahora salieron dos que ya no pudimos evitar.
Después de discutir durante 5 minutos y tratar de que entendieran que tenían que dejar entrar a mi amigo al estadio y cruzar la meta, llegamos al acuerdo de que la carriola se quedaba ahí y yo tenía que cargarlo para entrar.
Así lo hicimos, entramos por el túnel gritando él y yo junto al resto de los corredores que pasaban en ese momento por ahí.   Salimos a la pista y saludamos a todos, le dijo "¡Hola!" a su familia, a la mía y a todos los que de alguna manera estuvieron al pendiente de su salud desde que lo conocieron.   Le expliqué que la meta la tenía que cruzar corriendo y le pregunté si quería hacerlo. "Sí, corro".    Para ese momento yo ya iba llorando emocionado de verlo tan contento y tan fuerte.   Cruzó la meta y lo levanté para que saliera en la foto.
No hay mucho más que contar.   Nadie dijo que fuera a ser fácil ni tampoco tan difícil pero al final, lo importante es que Mateo ya va solo para adelante.
Una de mis canciones favoritas.

Coldplay
"The Scientist"





viernes, 29 de agosto de 2014

LA PARED EXISTE

Me acosté, me coloqué los audífonos y puse el RAM de Daft Punk.   Tenía toda la intención de quedarme dormido temprano mientras oía música pero no pude, era mi primer, y hasta ahora único maratón.

Mi plan era dormirme a las nueve, despertarme a las 5:00 para salir a las 5:45 y estar a las 6:00 en la Alameda Central.   La última vez que vi el reloj eran las 12:20 am.   Me desperté a las 3:00, me decepcioné por la hora y acepté que ya no iba a dormir y seguí con la música que había preparado.

Yo no corro con iPod pero siempre oigo mucha música y tengo mi playlist de corredor para las carreras importantes.

Llegó el taxi que había pedido desde la noche antes, me contó que no había dormido para pasar por mi, que se había quedado con una de sus novias para hacer tiempo mientras daba la hora pero que se había aburrido porque no había podido tomar.

En metro Tacubaya me encontré con otros corredores.   Para cuando llegué a la Alameda, a las 6:00 de la mañana, ya había mucha gente y me acerqué al frente para ser de los primeros en salir.   Estiré como pude, estábamos tan pegados unos con otros que a alguien no le gustó y tiró una patada que le respondieron, empujones, mentadas de madre, tranquilos, le parto su madre, pues órale, etc.   Supongo que fueron los nervios pero me cagó estar cerca de esos dos pendejos, correr es justo un deporte donde no cabe la violencia, no hay manera, pero la encontraron.

Hay un wey que siempre está dirigiendo las ceremonias en las carreras, ésta vez contó sobre el maratón de las olimpiadas de 1968, de las fanfarrias que se habían compuesto para aquella ocasión y que se volverían a tocar después de 45 años.   Para ese momento yo ya no podía más y las emociones me tenían llorando, no era el único.   Tocaron el himno, lo cantamos y cuando terminó, sonó el disparo de salida que sentí como una descarga de adrenalina en el corazón, las piernas y la panza.

Todavía sobre Juárez alcancé a escuchar que alguien me gritaba, ¡venga, Tato!, volteé y vi a mi amigo Lalo, fue la primera sorpresa en la carrera, no esperaba encontrar a nadie en la salida y otra vez a llorar.

Yo había calculado correr a 6:00 min el kilómetro pero me dejé llevar por el ánimo de la carrera y estaba haciendo un minuto debajo de eso.   Mientras pasaba La Palma y me encaminaba al Ángel de Independencia, vi que había una lona que decía IronBerna42k, en ese momento reconocí a mi familia que además iban uniformados con playeras que igual traían la misma leyenda. Lágrimas otra vez, pero con más energía después de chocar mi mano con la de ellos y escuchar sus gritos de apoyo que cómo ayudan a seguir.

Entramos a Polanco, salimos de Polanco, continuaba encontrando a mi familia que iba siguiendo el recorrido del maratón y habían hecho un plan para verme en diferentes puntos de la ruta. Todo bien pero cuando entramos a Chapultepec, por ahí del km 21 tuve que hacer una parada estratégica en el bosque un minuto.

Cuando salía de ahí para tomar de nuevo Reforma, mi hermano me acompañó algunos metros que me sirvieron para mantener el buen ánimo y soñar en cerrar en menos de cuatro horas.
Más adelante estaba Javi Marroquín que corría a mi lado y me tomaba fotos, me preguntaba cómo iba, brincaba coladeras, esquivaba aficionados y me decía “venga Kleinchas, ya falta menos, mano. Te ves bien”. “Empiezo a darlas, Javi. La neta” recuerdo haberle contestado antes de tomar la glorieta de Insurgentes.

Ya en Chapultepec creo haber visto el 28k y empezar a sentir que ya no estaba funcionando como debía.   No podía concentrarme y empecé a tener pensamientos negativos.   Quise saber qué tan mal iba y se me ocurrió hacer operaciones matemáticas mentales, como si fuera tan bueno haciéndolas pero pensé que si podía hacer multiplicaciones y divisiones, podía distraer mi mente y no dejarla que tuviera ideas como sentirse cansada y abandonar.

Fue más o menos ahí, cuando llegaba a Ámsterdam y Sonora, que vi una chava del público que traía una cartulina colgada del cuello que decía “VASELINA”.   Ver ese cartel a la distancia fue un rayo de esperanza para mi.   Hacía algunos kilómetros que la playera me lastimaba y apresuré el paso para agarrar el abatelenguas que tenía en la mano pero justo cuando estaba por tomarlo, el corredor que iba adelante de mi, lo agarró. No hay palabras para describir la desilusión y dolor que sentí en ese momento, era la última dosis que tenía y me la habían ganado.

A partir de ese momento me desconcentré por completo, vi a dos corredores que se descomponían en calambres frente a mi, una chava tendida sobre el asfalto que era atendida por unos paramédicos, otro corredor vomitando sobre el camellón y yo que sentía que en cualquier momento estaría como ellos.

Me había encontrado con la pared y no había nada que me motivara a seguir.   Un calambre amenazaba con aparecer en mi muslo izquierdo y caminé por primera vez.   Consideré no seguir, tomar el teléfono y avisar que no llegaría al estadio.   Tuve pena porque sentí que estaba fallando pero no podía más. Solo quería caminar por Nuevo León hasta Insurgentes y tomar un taxi a mi casa.

No recuerdo cómo, pero llegó mi segundo aire y, a paso de gallo-gallina, comencé a correr nuevamente. Para ese momento solo faltaban 5 kms que, en un día normal de no maratón, he corrido en 22 mins.   Pero ese día el tiempo y las distancias parecían de otro mundo.   Corría durante muchos minutos y veía que solo había avanzado unos cuántos metros. Mucho me ayudó ver a mis amigos en el último tramo de la competencia para no mandar todo a la chingada.   

Los últimos dos mil metros los hice corriendo sin parar, con mucha gente gritando y apoyando a los corredores.   Uno de los detalles que más me gustaron de los organizadores fue que el número tiene anotado tu nombre, entonces propios y extraños te gritan, te animan y oir tu nombre es distinto a “vamos, corredores… ya falta poco… sí se puede” (me caga el "sí se puede").

Llegué al estacionamiento del estadio, bajé por la rampa al túnel, quise gritar pero no me salió la voz, salí a la pista para los últimos metros y no sé cómo, mis piernas olvidaron que ya llevaban 42 kilómetros encima, corrí sin dolor, como si fueran los 100 metros planos, justo antes de cruzar la meta, vi otra vez la lona y ubiqué a mi familia.
Por fin pude gritar y llorar de felicidad otra vez.

Es el primer maratón que hago, ese día dije que no volvería a hacerlo pero en la noche ya estaba pensando en el del próximo año, el de éste domingo.   Hoy sé que quiero hacer muchos más, mi meta es reunir la palabra MÉXICO con las medallas pero sueño con correr en otras ciudades y vivirlo en diferentes condiciones.   Sin duda, es la experiencia deportiva más gratificante que he tenido.

Yo ya dije que no puedo correr con música, no me gusta ir peleando con los audífonos y el sudor pero este blog siempre se despide con alguna canción y hoy elegí a una parte del soundtrack de unos de mis churros ochenteros favoritos, Streets of Fire.   Diane Lane en sus espectaculares veintialgo, Willem Dafoe de malo desde entonces y Rick Moranis de idiota como siempre.

Fire Inc.
“Nowhere Fast”