19.9.15

85+30

Ese día desayunaba con mi hermana en el comedor de la casa. Nos habíamos mudado dos semanas antes, después de haber viajado durante casi un año desde Tultitlán hasta el Pedregal todas las mañanas para ir al kinder. Esa es otra historia que no voy a contar hoy.

Mi mamá nos acompañaba en el desayuno y mi papá se preparaba para llevarnos a la escuela. Cuando empezó todo, los dos pensaron que se trataba de una broma del otro.

- No te hagas el chistoso, deja de mover ese mueble. - Reclamaba mi mamá hasta que se dio cuenta que al mueble con las botellas que chocaban unas con otras no lo movía nadie.

Tati y yo estábamos sentados en una mesa redonda de madera que hacía un pequeño rechinido con el temblor. Yo trataba de llevarme la cuchara a la boca desde un plato de frijoles en caldo con garabatos de crema. Dije trataba porque todo se movía y no podía dejar mi cubierto en el plato. El ruido de las ventanas golpeando era cada vez más fuerte pero un temblor era algo que yo no había vivido, ni siquiera sabía lo que era, así que intenté terminar mi desayuno.

Después de recibir tremendo regaño de mi mamá por no levantarme de la mesa, me abracé a ella y su panza de 9 meses que traía a mi hermano Axel dentro y que nacería justo 15 días después. Mi papá cargó a mi hermana y tras una intensa, aunque veloz, discusión para decidir bajo qué marco nos colocaríamos, nos abrazamos los cuatro (cinco) y nos pusimos a rezar.

La roca volcánica sobre la que está ese edificio crujía con cada ir y venir del terremoto.   Hoy, parándome en el mismo punto en el que nos refugiamos, no alcanzo a ver lo que veía ese día.

Una de mis tías vivía en un edificio en la calle Antonio M. Anza, frente al multifamiliar Benito Juárez, en la colonia Roma. Cada fin de semana, las reuniones de mi familia paterna eran ahí y cuando nos íbamos, lo hacíamos por la calle de Orizaba que se volvía un paso a desnivel debajo de algunos edificios del conjunto, uno de los caminos más bonitos por los que he andado y que el 19 de septiembre de 1985 dejó de existir.





Cuando el terremoto terminó, mi papá llamó a su hermana para preguntarle cómo estaban. Ella le respondió que estaban bien pero que había mucha neblina y no se veía el multifamiliar Juárez. Minutos después se enteraría de que se trataba del polvo provocado por el derrumbe de los edificios.

En aquel entonces no tuve mucho contacto con todo lo que generó el terremoto. Probablemente ayudó que mi hermano naciera en esos días y que él y mi mamá tuvieran que estar en la casa. De cualquier manera, las veces que salimos, mis papás tuvieron el cuidado de no tomar rutas donde hubiera demasiados edificios derrumbados aunque tengo el recuerdo de ver a mucha gente haciendo campamento durante años en San Lázaro.

Hasta la prepa, después de leer Nada, Nadie de Elena Poniatowska fue que entendí, más o menos, la magnitud de lo que había sucedido diez años antes. Veinte años después, conocí la historia de Adriana, una amiga que junto a su madre, perdió absolutamente todo lo que tenía en Tlatelolco.

Aún así, con tantas historias tan fuertes, hay gente que sigue sin tomar con seriedad los simulacros, las medidas de seguridad, la experiencia de las personas que lo vivieron, que se atreve a decir "no pasa nada".

Algo nos sigue faltando a muchos de nosotros. En mi familia, por ejemplo, no tenemos un plan de dónde encontrarnos o qué acciones tomar en caso de una emergencia. Ingrid y yo hemos platicado sobre tener una mochila lista con documentos, medicinas, agua y dinero para cada uno pero hasta ahí hemos llegado, no pasamos de las palabras al hecho.

Es cierto que va a seguir temblando en esta ciudad y que un día, que no sabemos cuándo será, va a venir otro gran terremoto. Ojalá nos podamos tomar las cosas más serias y hagamos un plan con los que son más cercanos a nosotros, desde el trabajo hasta la casa.

Rockdrigo González
"Máquina del Tiempo"

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