lunes, 20 de septiembre de 2010

LA NOCHE DEL VENADO

Después de algunos kilómetros por carretera, nuestro guía puso la direccional de su auto y bajó la velocidad para entrar en un camino de terracería que se metía en el bosque.   La lluvia seguía cayendo y en algunos tramos se comenzaban a formar pequeños charcos que pudimos pasar sin ningún problema.   A pesar de las luces altas, la oscuridad era tan intensa que no podíamos distinguir más allá del carro delante de nosotros y el pasto que crecía alto a un costado del camino.

Cuando bajé del coche tomé una gran bocanada del aire frío.    Distinguí el olor dulce que tiene el campo y después de ponerme una chamarra más, caminé junto a los demás adentrándonos por el camino de tezontle que crujía bajo nosotros a cada paso.

El sonido de un tambor y un caracol sumados al resplandor de una fogata encendida a la distancia, eran nuestros guías en la oscuridad casi total de la noche.   Unos minutos más tarde, alcanzamos el lugar de la ceremonia, una cuenca a los pies de un cerro de pinos por un lado y una explanada por donde alguna vez pasó el ferrocarril a Cuernavaca por el otro.   Nos integramos al grupo de personas que ya se habían acomodado en forma de media luna alrededor de una nutrida fogata.   Por unos minutos la lluvia se detuvo.   Colocamos una cobija y una bolsa de dormir en el espacio que elegimos para el rito de la noche.

Después de ofrendar un poco del chocolate que llevamos para la ocasión, nos dieron el venado.   Mi inexperiencia me llevó a beberlo todo en unos minutos.   Disfrutando su sabor mezclado con el chocolate, permanecí en mi lugar esperando escuchar al coyote.

De entre la maleza salieron gatos negros y dorados que al pasar entre nosotros nos reconocían con el olfato a cada uno de los que ahi estábamos.   A pesar de la lluvia que había vuelto más intensa, los gatos parecían no mojarse y uno por uno llegaron hasta la fogata para perderse en tre el humo y los destellos de luz roja que salía de ella.   Fue entonces que me pareció que  la fogata estaba viva.   En su corazón alcancé a distinguir gusanos de lava que pasaban unos sobre de otros.   Pensé que tal vez sería el único que lo habría notado.   Cuando quise ver la reacción de los demás, encontré que ya todos portaban máscaras de madera con formas de aves algunos y con rostros desfigurados y rígidos otros.   

De la fogata salían estrellas que la misma hoguera soplaba hasta el cielo.   Aquellas que no alcanzaban a subir, se quedaban volando entre nosotros transformándose en luciérnagas diminutas que despúes de unos segundos se apagaban para esconderse entre los pinos.   

Después de algún tiempo me acerqué al fuego.   Los chamanes huicholes caminaban en sentido contrario a las manecillas del reloj e iban haciendo limpias de energía a todo aquel que se acercara a ellos.   Ahi fue donde encontré al coyote.   Uno de los troncos que alimentaban la fogata tenía la forma de la cabeza de uno de ellos,perfectamente tallado.

Aún sin amanecer, pero a unos minutos de que despuntara el sol entre los árboles, caminamos de regreso bajo la lluvia que permanecía tan intensa como al incio del rito.

The Doors
"Riders On The Storm"

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